lunes, 12 de noviembre de 2012

Bi, homo, hetero

A menudo, cuando me entrevistan sobre mis novelas o mis obras de teatro, me preguntan por qué en todas ellas aparece algún personaje homosexual. Cada vez que me hacen esa pregunta, no puedo evitar pensar que todavía nos falta mucho para alcanzar un estado de verdadera normalidad, pues no me imagino que en esas mismas entrevistas se le pregunte a un autor por qué en sus obras aparecen siempre personajes heterosexuales, por ejemplo. Algo así como "¿Por qué en todas tus novelas hay alguna mujer?" o "¿Por qué en todas tus novelas hay al menos un niño?"

En mi caso, a la hora de escribir, intento crear un mundo que refleje, desde la ficción, nuestra realidad. Me interesa hablar del aquí y del ahora -¿qué testimonio va a dejar de nuestro mundo la literatura si todos nos abalanzamos sobre mundos mágicos y sagas épicas varias?-, reflexionar sobre qué motores mueven a nuestra sociedad y tratar de dibujar los cambios que estamos experimentando en lo que está siendo un principio de siglo difícil y convulso. Por eso, en La edad de la ira, el gran tema era la educación y la destrucción de un sistema social que, con excusas macroeconómicas, está siendo arrasado a nuestro alrededor. Y por eso, en mi nueva novela, Las vidas que inventamos, el tema es el autoengaño y la mentira: todas esas verdades que no decimos para poder seguir adelante y ocultar, con mejor o peor fortuna, los huecos que encontramos en nuestro día a día. Huecos personales, profesionales, familiares, sentimentales, económicos... Y todo, en esta sociedad que vive de la imagen y de no sé qué estándares de éxito, se convierte en espejo de otra realidad subyacente que, a menudo, ocultamos. Porque tenemos que ser los mejores en todos los frentes, como le ocurre a mi protagonista, Gaby, ahogada por las etiquetas de mujer perfecta, esposa perfecta, amante perfecta, madre perfecta, amiga perfecta y profesional, por supuesto, perfecta. 

Y en un mundo como el de Las vidas que inventamos es natural que aparezca, junto al matrimonio protagonista -Leo y Gaby, una pareja heterosexual- otro matrimonio homosexual -Hugo y Jorge-, amigos de los primeros que abordan una ruptura nada sencilla y que, aunque en un plano secundario -pero con gran peso dentro de la trama- comparten con Leo y Gaby las mismas mentiras y contradicciones que recorren todo el argumento de esta novela. No se trata de reivindicación alguna, ni tampoco de dar una nota de color al estilo de ciertas telecomedias donde se recurre al cliché gay para cubrir esa cuota de mercado -qué terrible costumbre, ¿no creen?-, sino de una realidad que me parece absolutamente natural y de la que, además, formo parte. En mi entorno, y en la sociedad en la que quiero y deseo vivir, no se pregunta a nadie por la orientación sexual, simplemente se les conoce, se les integra o no -la afinidad es algo muy personal- y, si surge, se comparte ese dato como se pueda compartir y conocer cualquier otro rasgo de su identidad.

Es cierto que en mi novela anterior, La edad de la ira, la homosexualidad de ciertos personajes era un eje temático de toda la obra. Sí, pero lo era porque uno de los temas que quería tratar era la violencia en las aulas del siglo XXI y, lamentablemente, el ejemplo de la homofobia -tema que conozco y he vivido de cerca- me permitía hacer una clara disección de ese asunto.

También aparecerá el tema de la bisexualidad en otra novela que publicaré con Baile del Sol en la primera mitad de 2013, La inmortalidad del cangrejo, reflejada en un joven que, precisamente por su edad, está investigando qué quiere ser y cómo le gustaría construirse. El descubrimiento de su naturaleza bisexual no es más que un símbolo de todos los demás momentos en que se da de bruces con el yo que es frente al yo que había imaginado que podía ser. 

En definitiva, en mis novelas hay personajes de todo tipo de tendencia, gente que ama, que desea, que se equivoca o que acierta, gente egoísta o que se entrega sin ninguna clase de tapujos, gente que solo respira a través del sexo y gente que no sabe ser más que de una manera eminentemente emocional. El hecho de que sean bi, homos o heteros es pura anécdota. Porque, personalmente, nunca he creído que exista ni el cine ni la literatura gay, igual que no existe ni el cine ni la literatura femenina. Existen el buen y el mal cine, la buena y la mala literatura. Los libros que nos emocionan y los que nos aburren, los que nos hacen preguntarnos por nuestra propia vida y los que nos conducen a lugares en los que no tenemos ningún interés en estar. Y eso no tiene nada que ver con la orientación sexual de sus personajes. Ni de sus autores. Eso solo depende de nosotros como lectores y de la capacidad que tenga para crear mundos el autor.

Y ojalá, en breve, a nadie le parezca sorprendente que una película o una novela retrate de forma explícita el sexo gay o lésbico, ni que se reflexione sobre la pareja a partir de la historia de amor de dos hombres o de dos mujeres. Qué más da... Brobeback mountain no es genial porque sea un drama protagonizado por dos hombres, sino por cómo narra un amor imposible, secreto y doloroso entre dos personas condenadas a necesitarse con la misma fuerza con la que han de mantenerse alejados... A fin de cuentas, las etiquetas -bi, homo, hetero- siempre nos limitan y, por eso, no creo que haya más etiqueta posible que la de persona. El resto me sobra.

Por mi parte, estoy ya deseando poder compartir Las vidas que inventamos -que, según me decían esta semana, llegará a las librerías el 22 de enero de la mano de Espasa- y acercaros hasta el mundo de Gaby y de Leo, un mundo donde nada es exactamente como ellos nos lo cuentan. Ni siquiera es como ellos intentan contárselo a sí mismos...

3 comentarios:

  1. 22 de Enero??? Ya no queda nada... ;-)

    Muchos besos

    Rulo

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  2. Me encanta tu forma de pensar y de expresarla, me encantó tu crítica al sistema educativo en "La edad de la ira" y estoy segura de que también me gustará tu manera de ver el mundo en tus próximos libros. Creo que en las nuevas generaciones de escritores españoles hacen falta más autores como tú, con ese interés por plasmar la realidad en la que vivimos (que conste que también me gustan las novelas sobre la guerra civil y demás, pero a veces echo de menos ver reflejados los problemas actuales en la literatura).

    Al leerte he recordado un artículo de Gemma Lienas en el que explicaba que a algunas escritoras les preguntan por qué sus libros siempre tienen protagonista femenina. Ella se quejaba porque, como bien apuntas tú, se suele hablar de la existencia de la "literatura femenina", pero no de la masculina, y a un escritor jamás le preguntan por qué sus protagonistas son siempre hombres. Creo que en general tenemos la sensación de que determinados temas están más que asimilados, pero en cosas como esta se demuestra que no, que todavía hace falta un empujoncito para que se traten con total normalidad.

    También me parece interesante que trates el tema de la bisexualidad en "La inmortalidad del cangrejo". Este último año he leído unos cuantos libros en los que aparecía una chica bisexual ("casualmente" casi todos escritos por hombres) a la que describían como poco menos que una diosa del sexo, el prototipo de mujer que una noche se va con un hombre y la siguiente con una chica... Un tópico a la altura del amigo gay de las comedias románticas, creo yo. Tengo ganas de saber cómo has enfocado el tema.

    En fin, yo también me quedo con el hecho de que ante todo hay buena y mala literatura.

    Besos.

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  3. Completamente de acuerdo contigo. En otros terrenos no se atreverían a preguntar por qué aparece este tipo de personaje o este otro, en cambio, cuando se refiere a temas de orientación sexual saltan las alarmas. Por desgracia, todavía nos queda mucho por hacer.

    Me ha gustado mucho la referencia que haces a Brokeback mountain (película que tengo en un altar, por cierto, jeje). Yo siempre he defendido que es una historia de amor y de soledad, independientemente del género de sus protagonistas, aunque mucha gente únicamente se fije en que son dos hombres.

    Genial entrada, como siempre.

    Un beso,
    Olga.

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