sábado, 24 de noviembre de 2012

Cómplices

Cuando borramos, como si no lo hubiéramos visto, un "maricón" escrito en la pizarra.

Cuando nos reímos, como si fuera divertido, con la imitación que un niño hace del amaneramiento de otro.

Cuando pasamos en silencio, como si no lo oyésemos, junto a alumnos que llama "marica" a un compañero.

Cuando no nos preocupamos por educarles -en las aulas, en casa- y explicarles que hay muchas sensibilidades y que todas, sean cuales sean, merecen el mismo respeto.

Cuando insistimos en que algo -un color, un juguete, una prenda- es "de chicos" y otro algo -otro color, otro juguete, otra prenda- es "de chicas".

En cada una de esas situaciones somos cómplices de quien acosa. Cómplices porque no estamos poniendo medio alguno para evitar que ese acoso se repita y, sobre todo, porque no estamos educando para que entiendan por qué ese odio, nacido de la ignorancia, es un terrible y triste sinsentido.

Quien mira hacia otro lado es tan responsable como quien acosa, porque ambos están haciendo posible que se discrimine e insulte a quien, en plena adolescencia, es doblemente vulnerable. No solo por las dudas que trae consigo -sea cual sea la orientación sexual- esa edad, sino por la confusión que supone asumirse diferente a lo que la sociedad considera -horrible palabra- "normal". Y en ese proceso -que, les aseguro, puede llegar a ser profundamente doloroso: no es fácil tener un primer encuentro con uno mismo a los trece, catorce o quince años- dar con alguien que se burla de nuestra identidad es una forma de minar esa cualidad -tan débil en todo adolescente- llamada autoestima. 

Podemos creer que el problema no existe. Que la homofobia es un recuerdo de un mal pasado. Que las nuevas leyes han hecho que todo cambie. Pero no es cierto. La ley nos da un marco jurídico, pero no social y cotidiano. La discriminación no se puede abolir a través de leyes, sino de educación. Porque puede que haya leyes que permitan que gays y lesbianas nos casemos, sí, pero eso no tiene nada que ver con la mueca de disgusto del tipo de al lado, ni con el "maricón" escrito en la pizarra, ni con el "bollera" gritado con desprecio. Eso no tiene nada que ver con las burlas en el patio, ni con los mensajes ofensivos en Facebook o en Tuenti, ni con las bromas de mal gusto que hacen que quien se siente diferente, pase a sentirse -directamente- anulado. 

Por eso, hoy, vuelvo a escribir sobre un tema en el que llevo años implicado. En mis blogs, en mi teatro, en mis novelas -de qué hablaba, si no, La edad de la ira-, en mi día a día como docente, en mi día a día fuera de las aulas. Me empeño en hacerme visible porque creo que esa visibilidad, aunque a veces no siempre sea sencilla, nos hace fuertes. Y sirve de modelo y de referente para quienes necesitan darse cuenta de que ser diferente es lo normal y de que todos, sea cual sea nuestra identidad sexual, lo somos.

Y vuelvo a escribir sobre este mismo tema en una mañana como la de hoy, mucho más triste que las anteriores, una mañana en la que hemos amanecido con el suicidio de Andrea. Andrea tenía quince años. Y le gustaba vestir un pantalón rosa. Tan simple como eso. Lo demás, es una triste y conocida historia de acoso. En las redes y fuera de ellas. Una historia que se repite con más frecuencia de la que queremos creer aunque solo conozcamos los casos que, como la historia de Andrea, tienen un desenlace trágico. Una historia de la que no podemos ser nunca cómplices y que, entre todos, sí podemos frenar. 

El odio y la violencia no deberían tener jamás segunda parte. Los pantalones rosa, sí.

A todos los Andrea que sufren o han sufrido acoso... No estáis solos.

jueves, 22 de noviembre de 2012

El morbo de la literatura


Dans la maison es, ante todo, una reflexión sobre la esencia voyeurística del hecho literario. Claro que se habla de otros muchos temas pero, en realidad, todos ellos aparecen bajo ese mismo prisma, analizados desde el juego de voces narrativas que plantea la película y donde, como el propio personaje de Luchini afirma, los espectadores nos convertimos en el sultán al que distrae la bicéfala Sherezade nacida del dueto Ozon-Mayorga.

De Ozon es el talento cinematográfico y la habilidad para convertir una obra teatral en una película más que destacable -merecedora de la Concha de Oro en San Sebastián- y de Mayorga, el mérito de haber creado una magnífica obra teatral -El chico de la última fila- en la que se plantean las grandes cuestiones que alimentan el film.

Aunque habría agradecido que la película obviase algunos giros un tanto excesivos en su último tramo -pese a lo acertado del hitchcockiano plano final-, Ozon respeta con acierto la esencia del texto original y nos permite preguntarnos hasta qué punto el creador no es más que un sádico voyeur, decidido a colarse en las casas ajenas para poner palabras a lo que todos vemos y no siempre estamos dispuestos a contar. El lector, por tanto, tampoco estaría libre de responsabilidad, pues su necesidad leer tendría que ver con su voluntad -igualmente morbosa- de irrumpir en esas mismas casas. 

También se reflexiona sobre el punto de vista -cómo alteraremos los hechos según la voz que escojamos- o sobre las formas del discurso -qué hace que un relato sea buena o mala literatura-, pero más allá de cuestiones técnicas, se plantea un perverso debate sobre la posible amoralidad del hecho literario, incidiendo en cómo los escritores y lectores acabamos inmiscuyéndonos en las vidas ajenas. Las  vidas de esos seres -a menudo más reales que la realidad misma- llamados personajes.

Por eso, en cierto modo, la literatura no sería un acto inocente. Como tampoco lo es el adolescente protagonista, Claude García, interpretado con turbia elegancia por un magnético Ernst Umhauer. Al igual que Claude, los autores vampirizamos las vidas de quienes nos rodean para alimentar la curiosidad de nuestros lectores, cómplices tan sedientos de irrealidad como quienes nos esforzamos por crearla.  Y lo más inquietante es que, tal y como le sucede a Claude, nunca sabremos cuál es el efecto final que tiene ese esfuerzo. Jamás conoceremos cuál es el  verdadero alcance de nuestras palabras en manos de cada lector, cómplice en este acto -adictivo y morboso- que es la literatura.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Bi, homo, hetero

A menudo, cuando me entrevistan sobre mis novelas o mis obras de teatro, me preguntan por qué en todas ellas aparece algún personaje homosexual. Cada vez que me hacen esa pregunta, no puedo evitar pensar que todavía nos falta mucho para alcanzar un estado de verdadera normalidad, pues no me imagino que en esas mismas entrevistas se le pregunte a un autor por qué en sus obras aparecen siempre personajes heterosexuales, por ejemplo. Algo así como "¿Por qué en todas tus novelas hay alguna mujer?" o "¿Por qué en todas tus novelas hay al menos un niño?"

En mi caso, a la hora de escribir, intento crear un mundo que refleje, desde la ficción, nuestra realidad. Me interesa hablar del aquí y del ahora -¿qué testimonio va a dejar de nuestro mundo la literatura si todos nos abalanzamos sobre mundos mágicos y sagas épicas varias?-, reflexionar sobre qué motores mueven a nuestra sociedad y tratar de dibujar los cambios que estamos experimentando en lo que está siendo un principio de siglo difícil y convulso. Por eso, en La edad de la ira, el gran tema era la educación y la destrucción de un sistema social que, con excusas macroeconómicas, está siendo arrasado a nuestro alrededor. Y por eso, en mi nueva novela, Las vidas que inventamos, el tema es el autoengaño y la mentira: todas esas verdades que no decimos para poder seguir adelante y ocultar, con mejor o peor fortuna, los huecos que encontramos en nuestro día a día. Huecos personales, profesionales, familiares, sentimentales, económicos... Y todo, en esta sociedad que vive de la imagen y de no sé qué estándares de éxito, se convierte en espejo de otra realidad subyacente que, a menudo, ocultamos. Porque tenemos que ser los mejores en todos los frentes, como le ocurre a mi protagonista, Gaby, ahogada por las etiquetas de mujer perfecta, esposa perfecta, amante perfecta, madre perfecta, amiga perfecta y profesional, por supuesto, perfecta. 

Y en un mundo como el de Las vidas que inventamos es natural que aparezca, junto al matrimonio protagonista -Leo y Gaby, una pareja heterosexual- otro matrimonio homosexual -Hugo y Jorge-, amigos de los primeros que abordan una ruptura nada sencilla y que, aunque en un plano secundario -pero con gran peso dentro de la trama- comparten con Leo y Gaby las mismas mentiras y contradicciones que recorren todo el argumento de esta novela. No se trata de reivindicación alguna, ni tampoco de dar una nota de color al estilo de ciertas telecomedias donde se recurre al cliché gay para cubrir esa cuota de mercado -qué terrible costumbre, ¿no creen?-, sino de una realidad que me parece absolutamente natural y de la que, además, formo parte. En mi entorno, y en la sociedad en la que quiero y deseo vivir, no se pregunta a nadie por la orientación sexual, simplemente se les conoce, se les integra o no -la afinidad es algo muy personal- y, si surge, se comparte ese dato como se pueda compartir y conocer cualquier otro rasgo de su identidad.

Es cierto que en mi novela anterior, La edad de la ira, la homosexualidad de ciertos personajes era un eje temático de toda la obra. Sí, pero lo era porque uno de los temas que quería tratar era la violencia en las aulas del siglo XXI y, lamentablemente, el ejemplo de la homofobia -tema que conozco y he vivido de cerca- me permitía hacer una clara disección de ese asunto.

También aparecerá el tema de la bisexualidad en otra novela que publicaré con Baile del Sol en la primera mitad de 2013, La inmortalidad del cangrejo, reflejada en un joven que, precisamente por su edad, está investigando qué quiere ser y cómo le gustaría construirse. El descubrimiento de su naturaleza bisexual no es más que un símbolo de todos los demás momentos en que se da de bruces con el yo que es frente al yo que había imaginado que podía ser. 

En definitiva, en mis novelas hay personajes de todo tipo de tendencia, gente que ama, que desea, que se equivoca o que acierta, gente egoísta o que se entrega sin ninguna clase de tapujos, gente que solo respira a través del sexo y gente que no sabe ser más que de una manera eminentemente emocional. El hecho de que sean bi, homos o heteros es pura anécdota. Porque, personalmente, nunca he creído que exista ni el cine ni la literatura gay, igual que no existe ni el cine ni la literatura femenina. Existen el buen y el mal cine, la buena y la mala literatura. Los libros que nos emocionan y los que nos aburren, los que nos hacen preguntarnos por nuestra propia vida y los que nos conducen a lugares en los que no tenemos ningún interés en estar. Y eso no tiene nada que ver con la orientación sexual de sus personajes. Ni de sus autores. Eso solo depende de nosotros como lectores y de la capacidad que tenga para crear mundos el autor.

Y ojalá, en breve, a nadie le parezca sorprendente que una película o una novela retrate de forma explícita el sexo gay o lésbico, ni que se reflexione sobre la pareja a partir de la historia de amor de dos hombres o de dos mujeres. Qué más da... Brobeback mountain no es genial porque sea un drama protagonizado por dos hombres, sino por cómo narra un amor imposible, secreto y doloroso entre dos personas condenadas a necesitarse con la misma fuerza con la que han de mantenerse alejados... A fin de cuentas, las etiquetas -bi, homo, hetero- siempre nos limitan y, por eso, no creo que haya más etiqueta posible que la de persona. El resto me sobra.

Por mi parte, estoy ya deseando poder compartir Las vidas que inventamos -que, según me decían esta semana, llegará a las librerías el 22 de enero de la mano de Espasa- y acercaros hasta el mundo de Gaby y de Leo, un mundo donde nada es exactamente como ellos nos lo cuentan. Ni siquiera es como ellos intentan contárselo a sí mismos...