domingo, 23 de septiembre de 2012

Palabras en imágenes


En breve, Las vidas que inventamos tendrá rostro. Las vidas de Gaby y de Leo, con quienes he convivido durante todo el tiempo que duró la escritura de esta novela, se convertirán -por obra y gracia del magnífico equipo de diseño de Espasa- en una imagen que será, ante los futuros lectores, su carta de presentación.

Confieso que no dejo de sentir impaciencia ante el momento de ese descubrimiento aunque, en el fondo, sé que siempre habrá una (a veces mínima, a veces no tanto) parte de mí que dude de si esa es o no la imagen que mejor expresa lo que quiere contar mi texto. Una novela en la que, en esta ocasión, he indagado en un tema que me parece especialmente idiosincrásico de nuestro tiempo: el autoengaño y el cinismo como formas de supervivencia. Y de relación.

No es fácil buscar una imagen que represente los temas de esta obra. Un libro en el que se combinan la reflexión sobre las emociones -esa crisis que afrontan Leo y Gaby en sus vidas y en su matrimonio-, la acción y unas cuantas dosis de thriller -el fatídico hecho que da origen a la acción y que moverá los hilos de la parte policíaca de la trama-, el humor negro y hasta el sarcasmo -es la primera vez que suelto mi vena irónica, hasta ahora recluida en mis obras teatrales, en una novela- y, por qué no, un cierto vitalismo que se plantea hasta qué punto podemos ser -o no- los dueños de nuestro destino.

Sé, eso sí, que estoy gráficamente en buenas manos (en las mejores, gracias a mi MJ). Y sé que, como ya pasó en La edad de la ira, hay un gran equipo de gente mimando mi texto y tratando de convertirlo en la mejor imagen posible. Pero esa certeza no aminora ni un ápice los nervios, ni la impaciencia. Porque, en cierto modo, cuando esa imagen ya exista, será como si la novela entrara en la línea de salida. Como si el momento de darse a los lectores estuviera ya un poco más cerca. Como si se aproximara más veloz de lo esperable ese mes de enero en el que viviré tanto la emoción de compartir un nuevo texto como la inseguridad de dejarlo volar... Pues, no sé si eso se pasará alguna vez, pero cada vez que estreno una obra o que saco una novela vuelvo a sentirme desnudo, vulnerable y, por supuesto, expuesto.

Se hace difícil traducir en palabras -paradojas de la escritura- todo este proceso. Los meses de trabajo que preceden al instante en que la novela llega a las manos de quienes son, en realidad, sus verdaderos autores y dueños. Porque, en el fondo, por mucho que nos esmeremos depurando el estilo, eligiendo un título, diseñando una cubierta o valorando críticamente un texto, el verdadero libro no es jamás el que ha escrito su autor, sino el que reescribe -y revive- cada lector.

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