lunes, 3 de septiembre de 2012

No te rindas

No pierdas aliento ni esperanza: 
el camino es largo, pero se acaba consiguiendo lo que se desea.
Rosa Regás

No soy especialmente fetichista con las dedicatorias -creo las mejores palabras son las que los autores nos dedican a través de sus propias historias-, pero esta firma de Rosa Regás en la Feria del Libro de 2002 significó mucho en mi vida. Y ahora, por esos azarosos caminos del destino, vuelve a hacerse presente...

Todo comenzó cuando decidí presentar mi segunda novela al Premio Río Manzanares. Ya había publicado mi primer libro con diecinueve años, In(h)armónicos (hoy, inencontrable), pero no acababa de hallar editor para el siguiente. El nuevo era un texto duro, comprometido, y en el que no se ahorraban detalles en la -compleja y, a menudo, sórdida- vida sexual de su protagonista. La novela, que llevaba por título La inmortalidad del cangrejo, tenía como epicentro cronológico el 11-S y toda ella giraba en torno a la violencia -social, económica, empresarial, personal, hasta sexual- que parecía ser el signo con el que comenzaba un -ya entonces- involutivo nuevo siglo.

Probé suerte con varias editoriales y coleccioné unos cuantos noes, hasta que uno de nuestros sellos más importantes se interesó y, tras diversos correos, se puso en contacto conmigo para decirme algo que entonces -la inexperiencia, claro- no entendí del todo bien. Nos gusta la novela, nos interesa, nos ha conmocionado..., pero nos da miedo que no sea comercial. Yo, que solo tenía veintipoquísimos, creía que las editoriales buscaban textos, pero pronto entendí que, además, también buscan beneficios.

Cuando la lista de noes estaba a punto de hacerme desistir, llegó la noticia de que mi cangrejo era finalista en el Premio Río Manzanares, al que -confieso que ni me acordaba- lo había presentado. Cuatro títulos cuyo ganador se daría a conocer en acto público un sábado por la mañana en la Feria del Libro. Acudí con una ilusión desmedida, cómo no (soy incapaz de controlar mi vehemencia), y sentí una profunda desazón cuando vi que, de nuevo, mi novela se quedaba fuera, condenada a quedarse en algún cajón. (Meses después, ese desánimo se agravaría, tras conocer que quedaba, otra vez finalista sin derecho a nada, en el Premio Ciudad de Badajoz).

Recuerdo cómo viví aquella mañana en el Retiro, cómo convertí ese nuevo no en imposibilidad, en desánimo, en la sensación de que me estaba empeñando en seguir un camino que quizá ni siquiera fuera el mío. Dudé de todo: de la novela, de mi forma de escribir, de mi identidad como autor (¿lo era? ¿lo soy?), de mí mismo... Pero tuve la suerte de no estar solo, de que ese día, quien ya entonces era mi pareja -¿qué habría sido de mí sin él?-, se empeñara en que fuésemos a hablar con una de las escritoras que habían sido miembros del jurado y que, como se disponía a firmar ejemplares de su obra, estaba allí presente.

Me negué y refunfuñé como un niño, pero él me llevó -casi a rastras- hasta la caseta donde Rosa Regás dedicaba obras de su flamante La canción de Dorotea, el título en el que escribió una frase que, desde entonces, significaría mucho más de lo que ella -supongo- imaginó. Se acaba consiguiendo lo que se desea...  Recuerdo con qué cariño me habló de mi novela, de lo que le había interesado de ella, de que, premios aparte, merecía la pena que siguiera intentándolo, que no la abandonara en un cajón, que siguiera escribiendo. La escuché con atención, pero estaba tan profundamente desanimado, que abrí ese cajón y dejé allí al cangrejo -y a mi yo novelista- durante unos años.

Tiempo después, sentí la necesidad de volver a escribir. Tenía que contar algo -mi nueva vida como profesor de instituto me había llenado de historias que volcar en el papel- y me costó vencer la sensación de ridículo que experimenté en las primeras páginas de esa nueva novela. ¿Para quién escribo? Me preguntaba. Hasta que me acordé de Rosa, de su firma, y decidí leerla y colocarla bien cerca de mi escritorio, en el rincón que destino -maniático que es uno- a mis pequeños talismanes de escritor...

Meses después, esa novela llegaba a ser finalista en el Premio Nadal, llamaba la atención de un par de editoriales y era, finalmente, publicada en Espasa. La edad de la ira rompía, de ese modo, el maleficio en el que yo había decidido instalarme cuando los hechos no estaban de mi lado. Después, vino el torbellino de buenas noticias con Tour de force, con Cuando fuimos dos, y surgieron nuevos títulos y nuevas historias que llegarán a las librerías en 2013.

Pero entre esas novelas que están a punto de ver la luz en tan solo unos meses, hay un título que, para mí, significa mucho. Una obra escrita hace diez años y que, de repente, me parece mucho más actual que nunca. Un libro que estoy corrigiendo ahora mismo y que será publicado en este intenso 2013 por una editorial comprometida y valiente, Baile del Sol, de la que llevo siendo lector desde hace años y que fue la primera en ver el potencial de esta historia. Dura. Árida. Crítica. Una historia escrita a golpes de vida y de ganas de cambiar un modelo social que no funciona. Un modelo que siempre condena a los mismos y que se hace más y más reaccionario -e injusto- cada día. Esa novela se llama La inmortalidad del cangrejo y es la prueba de que Rosa, en su dedicatoria, tenía razón. 

No sé cómo viviré el lanzamiento de cada una de esas tres novelas. Las vidas que inventamos, que estará en enero gracias a Espasa. El reino de las Tres Lunas, que será mi presentación en el libro juvenil de la mano de Alfaguara. Y La inmortalidad del cangrejo, que es -posiblemente- uno de los textos de los que me siento más orgulloso (pese a sus excesos y defectos, que seguro que ha de tener muchísimos). No, no sé cómo voy a vivir todo esto, pero sí espero poder transmitir, con ello, la necesidad de luchar y de trabajar -con constancia- en aquello que se cree. En lo que nos haga felices. En lo que queramos conseguir.

Sé que en estos tiempos, grises y confusos, se impone el derrotismo. O, al menos, eso es lo que parece que a quienes mueven nuestros hilos les gustaría contagiar: sumisión y silencio. Desánimo y conformismo. Pero eso, hoy más que nunca, es un error. Porque no hay que rendirse. No hay que abandonar. No hay que guardar los sueños en ningún cajón. Hay que pelear para que esos sueños vean la luz. Y -eso pienso mientras corrijo cada nuevo capítulo del cangrejo- al final esa luz acabará siendo nuestra. Nos la merecemos.

3 comentarios:

  1. Me ha encantado la entrada, transmites mucha fuerza con tus palabras. Desconocía la historia que hay detrás de la publicación de "La inmortalidad del cangrejo", pero, desde luego, tiene que servir para motivar a los futuros escritores. Qué sentido han cobrado finalmente las palabras de Rosa Regás, y qué pena que a veces las editoriales no puedan apostar por obras que les gustan por miedo a que no funcionen. Me alegra que finalmente la historia tenga un final feliz.

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  2. ¡Gracias, Rusta! La verdad es que ha sido un viaje intenso, tal y como aquí lo describo, y con un final tan feliz como emocionante. Estoy deseando que esa novela vea la luz. Y compartirla con todos vosotros. Un abrazo enorme

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  3. ¿Es tan imposible de encontrar In(h)armónicos? Jo, me encantaría leerlo...T_T

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