sábado, 8 de septiembre de 2012

La misoginia que sucede

Hace diez años escribí una obra teatral en la que dos mujeres -Ruth y Eva- hablaban de sus experiencias sentimentales y sexuales. El texto, que se llamó El sexo que sucede, se estrenó gracias a las interpretaciones -memorables- de sus protagonistas y, al año de su creación, ya se había publicado. Fue, desde el primer momento, una de las obras de mi repertorio que mejor funcionaron y que por más lugares de nuestra geografía conseguimos pasear. Sin embargo, en más de una de aquellas funciones, había una escena que provocaba reacciones contrarias en el público. Se trataba de un momento en el que ambas mujeres vivían una experiencia lésbica que se resumía en algo tan sencillo -y tan hermoso- como un larguísimo beso.

Podría parecer sorprendente, pero no fueron pocas las ocasiones en que alguien abandonó la sala, en que otro alguien gritó algo inapropiado, en que más de un alguien se movió nervioso e incómodo en su asiento. Y no, no se crean que les hablo de pueblos perdidos en lugares ignotos -no seamos urbanocéntricos-, qué va, les hablo de ciertos barrios de Madrid, por ejemplo, de algunos escenarios donde jamás pensamos que un beso pudiera causar una reacción así.

Tampoco era fácil para un cierto tipo de público escuchar a dos mujeres hablando sin pudor de sus experiencias. O de sus fantasías. Y eso que el texto no juega a lo explícito, sino que se plantea más como un desnudo emocional que físico. Pero que una de ellas defendiera la promiscuidad como forma de relacionarse con el mundo o que otra venciese sus miedos del pasado a través del sexo resultaba poco menos que ofensivo para ciertos espectadores.

El montaje, diez años después, sigue muy vivo. Lo sigue en lo textual -es una obra que aún se difunde y de la que, de vez en cuando, me llegan noticias de ciertos lectores en lugares inverosímiles. Lo sigue en sus consecuencias literarias -jamás habría escrito Cuando fuimos dos, una suerte de versión masculina de aquella propuesta, sin haber pasado antes por las vidas de Eva y de Ruth. Lo sigue en lo teatral -ha sido traducida al gallego y se estrenará en esa hermosa tierra dentro de no mucho. Lo sigue en lo humano -sus actrices, Silvia López-Ortega y Paloma Aparicio- siguen siendo, a fecha de hoy, dos de las intérpretes que más admiro.

Pero, lamentablemente, también lo siguen en la polémica. En la necesaria denuncia de la hipocresía, la doble moral y la misoginia que nos rodea. Porque los mismos que se levantaban cuando dos mujeres se besaban ante ellos son los que estos días han insultado y vilipendiado a la concejal Olvido Hormigos. Los mismos que han hecho saltar la luz de alarma sobre el terrible machismo que aún nos oprime. El machismo que condena la sexualidad femenina y que juzga a la mujer con un fundamentalismo que debería ser inconcebible en este punto de la Historia.

Sus gritos de puta son las piedras que otros utilizan para lapidar a las mujeres que contravienen sus ritos y normas animales. Y si no fueron piedras de verdad es porque eran demasiado cobardes como para transgredir la ley, por eso se contentaron con el insulto fácil y la humillación pública. Porque están más cerca de las cavernas -o de las cloacas- que de lo que yo entiendo por ser persona. Y por ser humano.

Lo triste es que, en el fondo, esto no debería sorprendernos. No en una sociedad que ha vuelto a cuestionarse el aborto y que, para colmo, lo  hace desde un paternalismo insufrible, desde una misoginia que les permite hacer afirmaciones tales como que se trata de "evitar la violencia contra la mujer", como si la mujer no tuviera juicio para decidir sobre su cuerpo. Y sobre su vida.

Cuando diez años atrás escribía El sexo que sucede no imaginé que hoy, en 2012,  estaría escribiendo un texto como este. Ni que habría sentido la vergüenza, la rabia y la impotencia que he sentido esta semana al ver este país convertido en una alcantarilla moral llena de ratas ansiosas de rumorología y de veneno. Seres tan oscuros como los que cercaban la casa de la Bernarda Alba lorquiana. O como los que condenaron a la Regenta de Clarín a la tragedia.

Diez años atrás -vaya, cada vez veo más claro que el título de mi novela "La inmortalidad del cangrejo" es muy oportuno para expresar lo que siento...- no podía imaginar que hoy no estaría viviendo en España. Ni en Europa. Ni siquiera en el siglo XXI. No, diez años atrás no imaginé que hoy, en septiembre de 2012, me encontraría viviendo en la mismísima Vetusta.

2 comentarios:

  1. Es tan triste, en lugar de avanzar vamos hacia atrás. Hace un año escuché a alguien decir que con Zapatero se había avanzado en cuestiones sociales, y que en este sentido se le había infravalorado. Ahora me doy cuenta de que tenía mucha razón, solo hay que ver cómo actúa el gobierno actual con el aborto, entre otras cosas.

    De todas formas, los insultos a la concejala se habrían producido con cualquier gobierno. Eso es tema aparte, unas raíces muy profundas que me temo que no cambiarán hasta que se produzca un cambio generacional, o varios.

    ResponderEliminar
  2. Es increíble cómo estamos involucionando a nivel social (y político). Cosas que creíamos superadas nos golpean cada vez con más frecuencia. Y lo peor es que estas barbaridades cuentan con más adeptos de los que creíamos. ¿Nuevos adeptos o hipócritas que estaban esperando el momento para quitarse la máscara? Lo esencial es que seamos capaces de distinguir este tipo de locuras para no dejar de denunciarlas nunca.

    Un abrazo,
    Olga.

    ResponderEliminar