sábado, 1 de septiembre de 2012

En aguas venecianas

Venecia no duerme, navega alrededor de la laguna al caer la noche, 
buscando agua nueva, removiendo el fondo de barro y tesoros 
para no hundirse, para aguantar a flote. Para contar.
Agua cerrada, Alejandro Palomas

Toda novela aspira a crear un mundo propio. En ocasiones, esta creación tiene lugar gracias al interés y la verosimilitud de la trama. Otras veces, se produce a través de la fuerza de los personajes y de la empatía que sentimos hacia ellos. Y las menos, ese mundo nace de las palabras con las que se nos dibuja esta historia, capaces de cobrar un sentido propio -autónomo- en cada uno de sus lectores.

Agua cerrada es uno de estos casos. Uno de esos mundos en los que la extraordinaria capacidad narrativa -y lírica- de su autor, consigue que entremos en ella desde la primera línea. Sin apenas esfuerzo. Como si cada palabra exigiera la presencia de la siguiente, haciéndonos creer que todo cuanto se nos dice no se pudo decir de otra manera, porque suena tan cierto -y tan lleno de vida- que no podemos frenar la emoción que esos personajes nos contagian.

Por eso, de repente, creemos conocer esa Venecia donde transcurre gran parte de la acción y que está presente incluso antes de su viaje, aunque la que recorran sus protagonistas sea solamente suya. Pero nos dan las claves -y la música- para recorrerla junto a ellos, para perdernos en sus laberintos, en esos canales donde sabemos que se ocultan verdades, mentiras y omisiones, las mismas que los protagonistas de este libro tejen y destejen entre sí. Las mismas que todos, en nuestras propias Venecias, hemos intentado sumergir alguna vez.

Y así, en este reino de aguas a ratos cálidas, a ratos turbulentas, a ratos cristalinas, su autor consigue que solo una palabra -un "ven", un "duele"- adquieran un significado distinto y único. Lleno de resonancias. Tal y como si hubiéramos lanzado esos verbos contra el agua y observásemos los círculos que dibujan alrededor. Nunca iguales. Nunca idénticos. Tan ávidos de cambio como nuestros puntos de vista, como las vidas de Serena, de Isaac, de Elsa, de los tres vértices de una historia que aborda sin pudor emociones tan complejas como la soledad, como la comprensión (y su contrario), como el amor en la pareja, como el amor de una madre a su hijo, como el amor de un hijo a su madre, como el amor de una no-madre a una tal-vez-hija.

Un acto de osadía en estos tiempos, en los que la emoción parece estar condenada al destierro -eso querrían algunos- de la gran literatura, donde prima la micronarración, o el collage, o el juego intertextual que rara vez conduce a nada que no sea el lucimiento -vacuo y superficial- del ego del autor. O donde, por contra, se prima la acción, la hiperactividad, el horror vacui narrativo para que el lector no se aburra y siga leyendo por muy poco verosímil que sea la trama. En estos tiempos, sí, se agradece que haya novelas que nadan -siempre el agua y sus verbos- contracorriente, que se detienen en los sentimientos, que se esfuerzan por describirlos, por apresarlos, por contagiárnoslos desde una voz personal. Y, en el mejor de los sentidos, muy poética.

No es Agua cerrada un libro apto para lectores no sensibles. O para los que tengan miedo a las emociones fuertes. Porque aquí, esas emociones fuertes nos asaltan en cada párrafo, en cada momento íntimo de los personajes. No residen en giros sorprendentes de guión, ni en trampas al lector para mostrarle una realidad que no es tal y como la presentimos. Al revés. Aquí la emoción reside en la vida es tal y como nos la están dibujando las voces de sus narradores. Es como nos la cuentan ellos y, más aún, como la suponemos nosotros. 

Por eso, cuando anoche terminé esta magnífica novela de Alejandro Palomas, tras cerrarla no pude reprimir una caricia. Un gesto minúsculo, de esos que les hacemos los lectores a nuestros libros en la intimidad -creyendo que nadie nos ve: a veces, solo a veces, no nos ven...-, un tenue movimiento con que expresaba, inconscientemente, hasta qué punto se había quedado en mí la historia de Serena. De Elsa. Y de Isaac.

Ahora sé que, la próxima vez que regrese a Venecia, no podré evitar buscarlos. Imagino que, de un modo u otro, seguirán allí.

1 comentario:

  1. Preciosa reseña. Me anoto el título para una futura lectura.

    Un abrazo,

    Olga.

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