lunes, 24 de septiembre de 2012

¿Por qué escribir hoy?



Literatura, novela, teatro, educación pública, compromiso... Un vídeo en el que intento expresar -con toda la honestidad posible- mi opinión sobre algunos de los temas que me inquietan. Y que, para bien o para mal, creo que me definen... Comparto con vosotros esta entrevista concedida con motivo del -ya casi inminente- lanzamiento de mi nuevo libro teatral, SALTAR SIN RED (Ediciones Antígona). En cuanto sepa sus fechas de presentación -habrá literatura y vino-, las comunico también en este blog: ¡estáis todos invitados!

domingo, 23 de septiembre de 2012

Palabras en imágenes


En breve, Las vidas que inventamos tendrá rostro. Las vidas de Gaby y de Leo, con quienes he convivido durante todo el tiempo que duró la escritura de esta novela, se convertirán -por obra y gracia del magnífico equipo de diseño de Espasa- en una imagen que será, ante los futuros lectores, su carta de presentación.

Confieso que no dejo de sentir impaciencia ante el momento de ese descubrimiento aunque, en el fondo, sé que siempre habrá una (a veces mínima, a veces no tanto) parte de mí que dude de si esa es o no la imagen que mejor expresa lo que quiere contar mi texto. Una novela en la que, en esta ocasión, he indagado en un tema que me parece especialmente idiosincrásico de nuestro tiempo: el autoengaño y el cinismo como formas de supervivencia. Y de relación.

No es fácil buscar una imagen que represente los temas de esta obra. Un libro en el que se combinan la reflexión sobre las emociones -esa crisis que afrontan Leo y Gaby en sus vidas y en su matrimonio-, la acción y unas cuantas dosis de thriller -el fatídico hecho que da origen a la acción y que moverá los hilos de la parte policíaca de la trama-, el humor negro y hasta el sarcasmo -es la primera vez que suelto mi vena irónica, hasta ahora recluida en mis obras teatrales, en una novela- y, por qué no, un cierto vitalismo que se plantea hasta qué punto podemos ser -o no- los dueños de nuestro destino.

Sé, eso sí, que estoy gráficamente en buenas manos (en las mejores, gracias a mi MJ). Y sé que, como ya pasó en La edad de la ira, hay un gran equipo de gente mimando mi texto y tratando de convertirlo en la mejor imagen posible. Pero esa certeza no aminora ni un ápice los nervios, ni la impaciencia. Porque, en cierto modo, cuando esa imagen ya exista, será como si la novela entrara en la línea de salida. Como si el momento de darse a los lectores estuviera ya un poco más cerca. Como si se aproximara más veloz de lo esperable ese mes de enero en el que viviré tanto la emoción de compartir un nuevo texto como la inseguridad de dejarlo volar... Pues, no sé si eso se pasará alguna vez, pero cada vez que estreno una obra o que saco una novela vuelvo a sentirme desnudo, vulnerable y, por supuesto, expuesto.

Se hace difícil traducir en palabras -paradojas de la escritura- todo este proceso. Los meses de trabajo que preceden al instante en que la novela llega a las manos de quienes son, en realidad, sus verdaderos autores y dueños. Porque, en el fondo, por mucho que nos esmeremos depurando el estilo, eligiendo un título, diseñando una cubierta o valorando críticamente un texto, el verdadero libro no es jamás el que ha escrito su autor, sino el que reescribe -y revive- cada lector.

sábado, 8 de septiembre de 2012

La misoginia que sucede

Hace diez años escribí una obra teatral en la que dos mujeres -Ruth y Eva- hablaban de sus experiencias sentimentales y sexuales. El texto, que se llamó El sexo que sucede, se estrenó gracias a las interpretaciones -memorables- de sus protagonistas y, al año de su creación, ya se había publicado. Fue, desde el primer momento, una de las obras de mi repertorio que mejor funcionaron y que por más lugares de nuestra geografía conseguimos pasear. Sin embargo, en más de una de aquellas funciones, había una escena que provocaba reacciones contrarias en el público. Se trataba de un momento en el que ambas mujeres vivían una experiencia lésbica que se resumía en algo tan sencillo -y tan hermoso- como un larguísimo beso.

Podría parecer sorprendente, pero no fueron pocas las ocasiones en que alguien abandonó la sala, en que otro alguien gritó algo inapropiado, en que más de un alguien se movió nervioso e incómodo en su asiento. Y no, no se crean que les hablo de pueblos perdidos en lugares ignotos -no seamos urbanocéntricos-, qué va, les hablo de ciertos barrios de Madrid, por ejemplo, de algunos escenarios donde jamás pensamos que un beso pudiera causar una reacción así.

Tampoco era fácil para un cierto tipo de público escuchar a dos mujeres hablando sin pudor de sus experiencias. O de sus fantasías. Y eso que el texto no juega a lo explícito, sino que se plantea más como un desnudo emocional que físico. Pero que una de ellas defendiera la promiscuidad como forma de relacionarse con el mundo o que otra venciese sus miedos del pasado a través del sexo resultaba poco menos que ofensivo para ciertos espectadores.

El montaje, diez años después, sigue muy vivo. Lo sigue en lo textual -es una obra que aún se difunde y de la que, de vez en cuando, me llegan noticias de ciertos lectores en lugares inverosímiles. Lo sigue en sus consecuencias literarias -jamás habría escrito Cuando fuimos dos, una suerte de versión masculina de aquella propuesta, sin haber pasado antes por las vidas de Eva y de Ruth. Lo sigue en lo teatral -ha sido traducida al gallego y se estrenará en esa hermosa tierra dentro de no mucho. Lo sigue en lo humano -sus actrices, Silvia López-Ortega y Paloma Aparicio- siguen siendo, a fecha de hoy, dos de las intérpretes que más admiro.

Pero, lamentablemente, también lo siguen en la polémica. En la necesaria denuncia de la hipocresía, la doble moral y la misoginia que nos rodea. Porque los mismos que se levantaban cuando dos mujeres se besaban ante ellos son los que estos días han insultado y vilipendiado a la concejal Olvido Hormigos. Los mismos que han hecho saltar la luz de alarma sobre el terrible machismo que aún nos oprime. El machismo que condena la sexualidad femenina y que juzga a la mujer con un fundamentalismo que debería ser inconcebible en este punto de la Historia.

Sus gritos de puta son las piedras que otros utilizan para lapidar a las mujeres que contravienen sus ritos y normas animales. Y si no fueron piedras de verdad es porque eran demasiado cobardes como para transgredir la ley, por eso se contentaron con el insulto fácil y la humillación pública. Porque están más cerca de las cavernas -o de las cloacas- que de lo que yo entiendo por ser persona. Y por ser humano.

Lo triste es que, en el fondo, esto no debería sorprendernos. No en una sociedad que ha vuelto a cuestionarse el aborto y que, para colmo, lo  hace desde un paternalismo insufrible, desde una misoginia que les permite hacer afirmaciones tales como que se trata de "evitar la violencia contra la mujer", como si la mujer no tuviera juicio para decidir sobre su cuerpo. Y sobre su vida.

Cuando diez años atrás escribía El sexo que sucede no imaginé que hoy, en 2012,  estaría escribiendo un texto como este. Ni que habría sentido la vergüenza, la rabia y la impotencia que he sentido esta semana al ver este país convertido en una alcantarilla moral llena de ratas ansiosas de rumorología y de veneno. Seres tan oscuros como los que cercaban la casa de la Bernarda Alba lorquiana. O como los que condenaron a la Regenta de Clarín a la tragedia.

Diez años atrás -vaya, cada vez veo más claro que el título de mi novela "La inmortalidad del cangrejo" es muy oportuno para expresar lo que siento...- no podía imaginar que hoy no estaría viviendo en España. Ni en Europa. Ni siquiera en el siglo XXI. No, diez años atrás no imaginé que hoy, en septiembre de 2012, me encontraría viviendo en la mismísima Vetusta.

lunes, 3 de septiembre de 2012

No te rindas

No pierdas aliento ni esperanza: 
el camino es largo, pero se acaba consiguiendo lo que se desea.
Rosa Regás

No soy especialmente fetichista con las dedicatorias -creo las mejores palabras son las que los autores nos dedican a través de sus propias historias-, pero esta firma de Rosa Regás en la Feria del Libro de 2002 significó mucho en mi vida. Y ahora, por esos azarosos caminos del destino, vuelve a hacerse presente...

Todo comenzó cuando decidí presentar mi segunda novela al Premio Río Manzanares. Ya había publicado mi primer libro con diecinueve años, In(h)armónicos (hoy, inencontrable), pero no acababa de hallar editor para el siguiente. El nuevo era un texto duro, comprometido, y en el que no se ahorraban detalles en la -compleja y, a menudo, sórdida- vida sexual de su protagonista. La novela, que llevaba por título La inmortalidad del cangrejo, tenía como epicentro cronológico el 11-S y toda ella giraba en torno a la violencia -social, económica, empresarial, personal, hasta sexual- que parecía ser el signo con el que comenzaba un -ya entonces- involutivo nuevo siglo.

Probé suerte con varias editoriales y coleccioné unos cuantos noes, hasta que uno de nuestros sellos más importantes se interesó y, tras diversos correos, se puso en contacto conmigo para decirme algo que entonces -la inexperiencia, claro- no entendí del todo bien. Nos gusta la novela, nos interesa, nos ha conmocionado..., pero nos da miedo que no sea comercial. Yo, que solo tenía veintipoquísimos, creía que las editoriales buscaban textos, pero pronto entendí que, además, también buscan beneficios.

Cuando la lista de noes estaba a punto de hacerme desistir, llegó la noticia de que mi cangrejo era finalista en el Premio Río Manzanares, al que -confieso que ni me acordaba- lo había presentado. Cuatro títulos cuyo ganador se daría a conocer en acto público un sábado por la mañana en la Feria del Libro. Acudí con una ilusión desmedida, cómo no (soy incapaz de controlar mi vehemencia), y sentí una profunda desazón cuando vi que, de nuevo, mi novela se quedaba fuera, condenada a quedarse en algún cajón. (Meses después, ese desánimo se agravaría, tras conocer que quedaba, otra vez finalista sin derecho a nada, en el Premio Ciudad de Badajoz).

Recuerdo cómo viví aquella mañana en el Retiro, cómo convertí ese nuevo no en imposibilidad, en desánimo, en la sensación de que me estaba empeñando en seguir un camino que quizá ni siquiera fuera el mío. Dudé de todo: de la novela, de mi forma de escribir, de mi identidad como autor (¿lo era? ¿lo soy?), de mí mismo... Pero tuve la suerte de no estar solo, de que ese día, quien ya entonces era mi pareja -¿qué habría sido de mí sin él?-, se empeñara en que fuésemos a hablar con una de las escritoras que habían sido miembros del jurado y que, como se disponía a firmar ejemplares de su obra, estaba allí presente.

Me negué y refunfuñé como un niño, pero él me llevó -casi a rastras- hasta la caseta donde Rosa Regás dedicaba obras de su flamante La canción de Dorotea, el título en el que escribió una frase que, desde entonces, significaría mucho más de lo que ella -supongo- imaginó. Se acaba consiguiendo lo que se desea...  Recuerdo con qué cariño me habló de mi novela, de lo que le había interesado de ella, de que, premios aparte, merecía la pena que siguiera intentándolo, que no la abandonara en un cajón, que siguiera escribiendo. La escuché con atención, pero estaba tan profundamente desanimado, que abrí ese cajón y dejé allí al cangrejo -y a mi yo novelista- durante unos años.

Tiempo después, sentí la necesidad de volver a escribir. Tenía que contar algo -mi nueva vida como profesor de instituto me había llenado de historias que volcar en el papel- y me costó vencer la sensación de ridículo que experimenté en las primeras páginas de esa nueva novela. ¿Para quién escribo? Me preguntaba. Hasta que me acordé de Rosa, de su firma, y decidí leerla y colocarla bien cerca de mi escritorio, en el rincón que destino -maniático que es uno- a mis pequeños talismanes de escritor...

Meses después, esa novela llegaba a ser finalista en el Premio Nadal, llamaba la atención de un par de editoriales y era, finalmente, publicada en Espasa. La edad de la ira rompía, de ese modo, el maleficio en el que yo había decidido instalarme cuando los hechos no estaban de mi lado. Después, vino el torbellino de buenas noticias con Tour de force, con Cuando fuimos dos, y surgieron nuevos títulos y nuevas historias que llegarán a las librerías en 2013.

Pero entre esas novelas que están a punto de ver la luz en tan solo unos meses, hay un título que, para mí, significa mucho. Una obra escrita hace diez años y que, de repente, me parece mucho más actual que nunca. Un libro que estoy corrigiendo ahora mismo y que será publicado en este intenso 2013 por una editorial comprometida y valiente, Baile del Sol, de la que llevo siendo lector desde hace años y que fue la primera en ver el potencial de esta historia. Dura. Árida. Crítica. Una historia escrita a golpes de vida y de ganas de cambiar un modelo social que no funciona. Un modelo que siempre condena a los mismos y que se hace más y más reaccionario -e injusto- cada día. Esa novela se llama La inmortalidad del cangrejo y es la prueba de que Rosa, en su dedicatoria, tenía razón. 

No sé cómo viviré el lanzamiento de cada una de esas tres novelas. Las vidas que inventamos, que estará en enero gracias a Espasa. El reino de las Tres Lunas, que será mi presentación en el libro juvenil de la mano de Alfaguara. Y La inmortalidad del cangrejo, que es -posiblemente- uno de los textos de los que me siento más orgulloso (pese a sus excesos y defectos, que seguro que ha de tener muchísimos). No, no sé cómo voy a vivir todo esto, pero sí espero poder transmitir, con ello, la necesidad de luchar y de trabajar -con constancia- en aquello que se cree. En lo que nos haga felices. En lo que queramos conseguir.

Sé que en estos tiempos, grises y confusos, se impone el derrotismo. O, al menos, eso es lo que parece que a quienes mueven nuestros hilos les gustaría contagiar: sumisión y silencio. Desánimo y conformismo. Pero eso, hoy más que nunca, es un error. Porque no hay que rendirse. No hay que abandonar. No hay que guardar los sueños en ningún cajón. Hay que pelear para que esos sueños vean la luz. Y -eso pienso mientras corrijo cada nuevo capítulo del cangrejo- al final esa luz acabará siendo nuestra. Nos la merecemos.

sábado, 1 de septiembre de 2012

En aguas venecianas

Venecia no duerme, navega alrededor de la laguna al caer la noche, 
buscando agua nueva, removiendo el fondo de barro y tesoros 
para no hundirse, para aguantar a flote. Para contar.
Agua cerrada, Alejandro Palomas

Toda novela aspira a crear un mundo propio. En ocasiones, esta creación tiene lugar gracias al interés y la verosimilitud de la trama. Otras veces, se produce a través de la fuerza de los personajes y de la empatía que sentimos hacia ellos. Y las menos, ese mundo nace de las palabras con las que se nos dibuja esta historia, capaces de cobrar un sentido propio -autónomo- en cada uno de sus lectores.

Agua cerrada es uno de estos casos. Uno de esos mundos en los que la extraordinaria capacidad narrativa -y lírica- de su autor, consigue que entremos en ella desde la primera línea. Sin apenas esfuerzo. Como si cada palabra exigiera la presencia de la siguiente, haciéndonos creer que todo cuanto se nos dice no se pudo decir de otra manera, porque suena tan cierto -y tan lleno de vida- que no podemos frenar la emoción que esos personajes nos contagian.

Por eso, de repente, creemos conocer esa Venecia donde transcurre gran parte de la acción y que está presente incluso antes de su viaje, aunque la que recorran sus protagonistas sea solamente suya. Pero nos dan las claves -y la música- para recorrerla junto a ellos, para perdernos en sus laberintos, en esos canales donde sabemos que se ocultan verdades, mentiras y omisiones, las mismas que los protagonistas de este libro tejen y destejen entre sí. Las mismas que todos, en nuestras propias Venecias, hemos intentado sumergir alguna vez.

Y así, en este reino de aguas a ratos cálidas, a ratos turbulentas, a ratos cristalinas, su autor consigue que solo una palabra -un "ven", un "duele"- adquieran un significado distinto y único. Lleno de resonancias. Tal y como si hubiéramos lanzado esos verbos contra el agua y observásemos los círculos que dibujan alrededor. Nunca iguales. Nunca idénticos. Tan ávidos de cambio como nuestros puntos de vista, como las vidas de Serena, de Isaac, de Elsa, de los tres vértices de una historia que aborda sin pudor emociones tan complejas como la soledad, como la comprensión (y su contrario), como el amor en la pareja, como el amor de una madre a su hijo, como el amor de un hijo a su madre, como el amor de una no-madre a una tal-vez-hija.

Un acto de osadía en estos tiempos, en los que la emoción parece estar condenada al destierro -eso querrían algunos- de la gran literatura, donde prima la micronarración, o el collage, o el juego intertextual que rara vez conduce a nada que no sea el lucimiento -vacuo y superficial- del ego del autor. O donde, por contra, se prima la acción, la hiperactividad, el horror vacui narrativo para que el lector no se aburra y siga leyendo por muy poco verosímil que sea la trama. En estos tiempos, sí, se agradece que haya novelas que nadan -siempre el agua y sus verbos- contracorriente, que se detienen en los sentimientos, que se esfuerzan por describirlos, por apresarlos, por contagiárnoslos desde una voz personal. Y, en el mejor de los sentidos, muy poética.

No es Agua cerrada un libro apto para lectores no sensibles. O para los que tengan miedo a las emociones fuertes. Porque aquí, esas emociones fuertes nos asaltan en cada párrafo, en cada momento íntimo de los personajes. No residen en giros sorprendentes de guión, ni en trampas al lector para mostrarle una realidad que no es tal y como la presentimos. Al revés. Aquí la emoción reside en la vida es tal y como nos la están dibujando las voces de sus narradores. Es como nos la cuentan ellos y, más aún, como la suponemos nosotros. 

Por eso, cuando anoche terminé esta magnífica novela de Alejandro Palomas, tras cerrarla no pude reprimir una caricia. Un gesto minúsculo, de esos que les hacemos los lectores a nuestros libros en la intimidad -creyendo que nadie nos ve: a veces, solo a veces, no nos ven...-, un tenue movimiento con que expresaba, inconscientemente, hasta qué punto se había quedado en mí la historia de Serena. De Elsa. Y de Isaac.

Ahora sé que, la próxima vez que regrese a Venecia, no podré evitar buscarlos. Imagino que, de un modo u otro, seguirán allí.