domingo, 26 de agosto de 2012

Volver a Alejandría

Este verano he vuelto a Alejandría. Lo he hecho gracias a las páginas del sublime Cuarteto de Durrell y, honestamente, no puedo decir que mi elección haya sido casual. Al revés, me encontraba tan enfrascado en las correcciones de mi nueva novela que necesitaba una lectura lo suficientemente extensa y envolvente como para poder huir de la vida de mis personajes -de mi cínico Leo y mi desencantada Gaby- y refugiarme en algún lugar antes de que -en ese extraño vampirismo que practican las criaturas de ficción- me devorasen por completo.

Con lo que no contaba es con que en las páginas de Lawrence Durrell no solo me iba a enfrentar a una vorágine de sentimientos realmente intensa, sino con que iba a encontrar en cada uno de los cuatro libros que componen su obra numerosas reflexiones e ideas que me devolverían, una y otra vez, a la historia en la que yo estaba trabajando. Tanta ha sido la intensidad con la que ha interferido en mi labor que no he podido resistirme a citar una de las frases de sus personajes -Nessim- en las páginas de apertura de mi nuevo libro... Quizá porque hacía tiempo que no sentía tan pocas ganas de terminar una novela -me he negado durante noches a abandonar la Alejandría en la que me había instalado con sus palabras-, o quizá porque es una de esas lecturas en las que no puedo dejar de anotar y subrayar frases que, por sí solas, ya justificarían sumergirse entre sus páginas.

Ahora, cuando se cumple el centenario del nacimiento de Durrell, cabe la posibilidad de que este Cuarteto viva un merecido renacer. Pero, si no lo hace, tampoco pasa nada, porque seguirá siendo un tesoro semioculto -a Pursewarden, uno de sus alter-egos en la obra, le habría parecido hasta poético- para quienes deseen refugiarse en la sensualidad de sus descripciones, en la profundidad de sus sentimientos, en la inteligencia de su juego de perspectivas y puntos de vista. Un ejercicio de estructura y de estilo donde todo está al servicio de lo que se cuenta, de lo que se piensa, de lo que se transmite. Donde la propia forma del libro ya es todo un ejercicio de reflexión sobre la literatura -¿en qué consiste? ¿cuáles son sus límites? ¿qué podemos contar?- y, más allá de eso, sobre la propia existencia: ¿qué conocemos realmente de nosotros mismos? ¿De los demás? ¿Los hechos son de veras hechos o, como afirma Durrell, solo "el comentario de nuestros sentimientos"? Tal vez, como afirma en Clea, solo nos ofrecemos "elaboradas ficciones de nosotros mismos".

Con sus reflexiones sobre la verdad, sobre la imposibilidad de entender lo que nos rodea en toda su complejidad ("¡Qué difícil es dilucidar una sola verdad acerca del corazón humano!"), cómo no iba a sentir que su Cuarteto me interpelaba cuando regresaba a mi novela, a ese texto en el que intentaba hablar de la mentira, del autoengaño, de las máscaras que usamos para que la vida nos resulte algo más soportable. No, era imposible que no me sintiese arrastrado hasta esa poliédrica Alejandría de Durrell, sintiéndome una pieza más de ese protagonista colectivo que con tanta maestría es capaz de mover y recrear en todas y cada una de sus páginas.

Lo difícil, cuando se vive con intensidad una obra de esta magnitud, no solo es salir de ella (en el fondo, sabemos que, como sucede con todos los grandes libros, regresaremos alguna vez). No, lo realmente difícil es encontrarle sentido al hecho de seguir escribiendo, porque ante textos como este es imposible no sentirse mucho más pequeño y preguntarse qué podemos aportar con las palabras -con ese "medio expresivo fugitivo e incierto"- para construir algo que sea, siquiera, la décima parte de lo sensual, lo trascendente y, sobre todo, lo humano que es la Alejandría de Durrell.

Si aún no se han perdido por sus calles, si no se han enamorado de Justine, si no han deseado conocer a Laila, si no les intriga Pursewarden, si no han sido algo cómplices de Darley, o si no les dio un vuelco el corazón con la escena en la isla de Clea..., en definitiva, si todavía no han recorrido el mundo de Durrell, considérense muy afortunados. Podrán hacer ese viaje cuando quieran y disfrutarlo con toda la intensidad que se merece. Si aún no lo han hecho, tengo que confesárselo: les envidio muchísimo.

1 comentario:

  1. Ays, mi Cuarteto... Fue leyéndolo cuando, ante la avalancha de frases brillantes y reflexiones profundas que había en sus páginas, comencé a escribir un cuaderno lleno de citas extraídas de mis lecturas. Hay páginas y páginas en él dedicadas al Cuarteto. Y, con el tiempo, esas citas fueron la base de muchos de mis dibujos (mi serie, (Re)flexiones, por ejemplo, bebe de ahí).

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