sábado, 18 de agosto de 2012

Historias (teatrales) de amor y sexo

Tenía 19 años cuando, con un grupo de amigas -hoy íntimas-, fundé mi compañía teatral. Se llamó Armando no me llama y comencé a escribir teatro casi por accidente, con el único objetivo de hacer teatro con ellas. Al principio, hasta me subía al escenario, aunque -por fortuna- pronto descubrí que la interpretación no era lo mío -algún vídeo lo atestigua-, así que abandoné las tablas y me dediqué, por completo, a la escritura. Poco a poco, el teatro, que empezó casi como un juego, habría de convertirse en un oficio. O, más aún, en un modo de ver la realidad. Y de vivirla.

Hubo dos montajes que marcaron un cambio en mi trayectoria dramática. Dos títulos en los que, por primera vez, tuve la sensación de que estaba encontrando mi lenguaje. Uno fue Ventajas de la transparencia -con un cuarteto de actrices magnífico: Eva, Nuria, Paloma, Silvia- y otro, El sexo que sucede. Fue gracias a Ruth y a Eva -las protagonistas de esta última, estrenada y mil veces representada por dos intérpretes excelentes: Paloma Aparicio y Silvia López-Ortega-, como encontré mi propio camino. Lo que realmente quería contar. Y, en cierto modo, la forma en que quería empezar a contarlo.

El sexo que sucede, en el que se cuentan las peripecias sentimentales -y eróticas- de dos amigas recién llegadas a los treinta, supuso un pequeño gran hito personal por muchos motivos: fue el primer texto teatral que publiqué; el que más veces hicimos; con el que más lejos llegamos de Madrid y, sobre todo, uno de los trabajos de los que más seguro me he sentido nunca. Porque aquella obra -en la escritura, en la puesta en escena- estaba llena de verdad. Porque Ruth y Eva nos enamoraron y, ahora, mucho tiempo después, están a punto de conocer una nueva vida: traducidas al gallego y, de nuevo en escena, dentro de unos meses.

Sin la seguridad que me dio aquella obra -sin el riesgo de abordarla-, no creo que hubiera escrito jamás una historia como la de César y Eloy. No en vano, Cuando fuimos dos surgió a modo de encargo por su productor y, a la vez, uno de sus dos protagonistas, Doriam Sojo (César). Tras ver una función de El sexo que sucede, me preguntó si tenía algún texto similar en el que se abordase el tema de las relaciones entre hombres. Yo, por aquel entonces, solo había iniciado el borrador de la que luego sería nuestra obra, pero me apetecía tanto trabajar con él, que no dudé en terminarlo en apenas unos meses. Al poco, se incorporó al proyecto otro grandísimo actor, Felipe Andrés (Eloy) y, poco a poco, fuimos sumando más nombres de gente joven, entusiasta y llena de talento, como Dani (nuestro ayudante de dirección), Warko (músico autor de la melodía original de la obra) o Alfredo (autor del tráiler).

Tal y como pasó con la historia de Ruth y Eva, la de Eloy y César empezó a funcionar de modo casi autónomo. Como si la verdad que ambos actores ponen en escena tuviera la energía suficiente para que todo cuanto tiene que ver con este montaje sea siempre emocionante. Y positivo.  Por eso, quizá, se llenaron todas las funciones de su estreno en la Alternativa. O las de su paso por Visible. Por eso, tal vez, tuve la suerte de conocer a Cristina y a Fernando -editores de Ñaque y hoy, además, amigos- que apostaron por este texto y lo incluyeron en su colección de teatro contemporáneo. Esa publicación, en cierto modo, cerraba el círculo: el paralelismo con El sexo que sucede era completo.

Cuando fuimos dos, obra en la que nos hemos dejado mucho de nosotros mismos todos los que hemos participado en ella, sigue ahora con tanta o más fuerza que antes. Sobre todo porque, desde esta semana, hemos regresado con ella a la Sala Triángulo, donde estaremos todos los sábados (hasta el 6 de octubre) a las 22.30. Ayer, el día del esperado reestreno, todo fue emocionante. Inesperadamente hermoso. La sala, llena. El público, generoso y empático. Los actores, una vez más, soberbios. Eloy y César vivieron su historia de amor -y de sexo, y de desamor, y de encuentro, y de desencuentro- ante un auditorio entregado que nos hizo creer, todavía un poco más, en esta aventura.

La prensa, además, nos ha mimado mucho -gracias a los profesionales de El Cultural, de Metrópoli, de On Madrid, de la Guía del Ocio, de Prográmate, de Shanguide, de Chueca.com, de Ponte en mi piel...-, a todos los que nos han echado un cable para difundir este espectáculo. A todos los que se implican en esta locura que es el teatro independiente.

No sabemos cómo será la vida futura del montaje. Ni qué pasará más allá de las funciones de Triángulo -que asumimos con un entusiasmo absoluto. Pero sí sé, con certeza, que esta es una nueva -y extraordinaria- etapa de un viaje que comenzó hace mucho, cuando yo solo tenía 19 años y un montón de sueños por cumplir. Y ahora, tras años de trabajo y de resistencia, sé que se están cumpliendo. Por eso, si alguien intenta convencerles del no, respondan que el sí, cuando se lucha de verdad, siempre es posible. Tenemos el deber de pelear -con toda la pasión que podamos- para que llegue a serlo.

4 comentarios:

  1. No siempre el Sexo nace de un Beso y no siempre el Amor nace del Sexo; pero un Beso siempre empieza todo Sexo con Amor…

    Saludos en letras ;-)

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  2. César (y no el de tu obra)31 de agosto de 2012, 5:57

    Siempre con la misma facilidad para contagiar emoción. Un besazo.

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  3. "Por eso, si alguien intenta convencerles del no, respondan que el sí, cuando se lucha de verdad, siempre es posible." Esta frase me acaba de llegar y mucho. Permite que me la guarde en el corazón para recordarla siempre que alguien me quiera hacer desistir.

    Estoy deseando escaparme a Madrid para ver "Cuando fuimos dos".

    Un abrazo,

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  4. Qué hermoso es leer un saludo ingenioso (gracias, Orlan), o que alguien se emociona (gracias, César: siempre tan cerca, tan lleno de sensibilidad) o que alguien se guarda una frase en su corazón (gracias, Olga: espero que nos veamos mucho por este literario rincón). Me siento muy afortunado por instantes así. Por compartir momentos como este. Un abrazo

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