viernes, 28 de diciembre de 2012

Sí, se puede


En mi particular versión del Cuento de Navidad de Dickens, mi fantasma de las Navidades pasadas es caja llena de noes de editoriales. Y el de las Navidades futuras, una caja llena de ejemplares de las tres novelas que publicaré a lo largo de 2013. Y, precisamente por eso, porque he vivido la angustia que padece todo autor cuando cree que sus textos jamás verán la luz, me he decidido a escribir este post, a medias entre la catarsis autobiográfica y el regalo navideño, con el fin de animar a todo aquel que tenga una voz propia a que no deje de luchar por compartirla.
Confieso que, en un primer momento, guardé aquellos noes con afán revanchista. “Se arrepentirán”, pensaba, y almacenaba esos sobres con la confianza de que, en algún momento, llegaran a convertirse en el ansiado sí. Hoy, tiempo después, no queda nada de esa supuesta -e infantil- venganza, sino la sensación de que llegar hasta aquí -hasta donde quiera que sea el lugar en el que me encuentro ahora- es producto de muchos años de trabajo, de lucha y, sobre todo, de tenacidad. Porque si hay un primer cómo para conseguir ese sí de una editorial, ese cómo es la obcecación.
¿Y más cómos concretos? Sería estupendo poder facilitar una guía infalible de pasos que seguir para lograr la publicación de un libro, pero ni siquiera los que ya tenemos unos cuantos títulos en nuestro haber podemos garantizar que nuestra siguiente obra vea la luz. Evidentemente, el inicio es lo más difícil, pero los pasos que le suceden tampoco resultan mucho más sencillos. Pero, en cualquier caso, sí tengo claro qué es lo que, en mi caso, me ha ayudado a conseguir que mi fantasma de las Navidades futuras se haya venido hasta mi casa con tres novelas nuevas bajo el brazo. Y ese qué se resume en estos cómo:
No hay que conformarse con leer, releer y corregir nuestro texto mil veces. Es e imprescindible dárselo a alguien de nuestra confianza. Eso sí, ha de ser alguien con criterio y capaz de decirnos la verdad -nos guste o no oírla- para que haga las veces de un posible editor. Necesitamos un amigo, confidente, compañero, pareja, ex o enemigo -por qué no- que lea nuestro texto con atención y que lo analice con bisturí: incoherencias, errores de estilo, elementos innecesarios, interés o desinterés de la propuesta… En ese sentido, el primer paso para publicar es dominar el ego y asumir que la literatura es un proceso. Cuanto más receptivos seamos a la crítica, más creceremos en lo que escribamos.
- Al corregir, es importante tener en cuenta que, en muchos casos, las primeras páginas de nuestro manuscrito serán determinantes. Por mi experiencia profesional como editor, sé bien que en ocasiones se decide si se estudia o no la publicación de un libro por el interés que despierte en su capítulo inicial, donde -a menudo- se encuentran muchos de los rasgos de la identidad de la novela.
- Una vez depurado el texto, el envío masivo a editoriales tampoco es una gran medida. No todas tienen el mismo tipo de catálogo y es necesario que echemos un vistazo antes a su línea de publicaciones, para saber si podríamos encajar o no en su apuesta literaria.
- Y si individualizamos los envíos, nada mejor que individualizar también la carta con que acompañemos cada uno de ellos. Claro que da pereza no contar de un solo modelo para todas las editoriales a las que queramos dirigirnos, pero es importante que sepamos presentar bien nuestro texto: por qué a ellos y qué les ofrecemos. Es mucho más fácil rechazar algo que nos llega sin referencias que algo donde se nos explica por qué motivo ha de interesarnos.
También se puede optar por la vía de los certámenes, sin duda, aunque es bueno ser sensato y reflexionar sobre cuáles son abiertos y cuáles, lamentablemente, están más que pactados y cerrados. No podemos llevarnos a engaño y creer que los segundos no existen cuando, en nuestro mundo editorial, son una práctica (demasiado) común. En mi caso, por ejemplo, tuve la osadía de presentarme al Nadal con La edad de la ira y, de repente,  me enteré de que había sido el tercer finalista aquel año. No gané, claro, pero llegué a una posición impensable para un autor casi novato y gracias a aquello fue posible que La edad de la ira acabara publicada en Espasa. Y es que, a menudo, lo bueno de presentarse a tal o cual certamen no solo es ganarlo, sino las posibilidades que se pueden abrir con él.
- Por otro lado, ahora mismo publicar un libro supone, a la vez, garantizar una cierta plataforma para comunicarlo cuando esté en el mercado. Y, en esta sociedad 2.0., esa plataforma puede ser muy diversa y, sobre todo, mucho más democrática que hace unos años. Es obvio que tienen ventaja en esa comunicación aquellos que controlan los medios tradicionales -televisión, radio, prensa-, pero gracias a blogs, Twitter, Facebook, YouTube y un sinfín de plataformas, quienes estamos alejados de esos círculos podemos crear nuestras propias sinergias. Y hacernos nuestro hueco.
Fundamental, sin duda, garantizar y promover un contacto directo con los lectores. Fomentar la comunicación y, cómo no, el feed-back. Comentar, debatir, interesarnos mutuamente y no plantearnos esa comunicación como una autoventa, sino como un intercambio sincero. Y, si tienen tiempo y ganas, creen su propio blog, dejen que las editoriales conozcan su estilo y sus intereses. Abran nuevas vías. No serían los primeros autores contratados por una editorial tras leer unos posts interesantes en la blogosfera.
No hay fórmulas mágicas, pero sí hay opciones. Sí hay posibilidades. Y, sobre todo, sí hay vías para conseguir ese “sí quiero” que tanto ansía todo autor novel. Y no se crean que pretendo, únicamente, dar ánimos o convencerles de una fantasía navideña literaria cualquiera. En absoluto. Solo pretendo demostrar que, si son tenaces, si realmente tienen una voz que quieran compartir, si de verdad están dispuestos a dejarse la piel intentándolo, antes o después esa caja de noes -y las decepciones que trajeron consigo- será historia pasada. Y sus libros, con toda la emoción que ello conlleva, historia futura.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Cómplices

Cuando borramos, como si no lo hubiéramos visto, un "maricón" escrito en la pizarra.

Cuando nos reímos, como si fuera divertido, con la imitación que un niño hace del amaneramiento de otro.

Cuando pasamos en silencio, como si no lo oyésemos, junto a alumnos que llama "marica" a un compañero.

Cuando no nos preocupamos por educarles -en las aulas, en casa- y explicarles que hay muchas sensibilidades y que todas, sean cuales sean, merecen el mismo respeto.

Cuando insistimos en que algo -un color, un juguete, una prenda- es "de chicos" y otro algo -otro color, otro juguete, otra prenda- es "de chicas".

En cada una de esas situaciones somos cómplices de quien acosa. Cómplices porque no estamos poniendo medio alguno para evitar que ese acoso se repita y, sobre todo, porque no estamos educando para que entiendan por qué ese odio, nacido de la ignorancia, es un terrible y triste sinsentido.

Quien mira hacia otro lado es tan responsable como quien acosa, porque ambos están haciendo posible que se discrimine e insulte a quien, en plena adolescencia, es doblemente vulnerable. No solo por las dudas que trae consigo -sea cual sea la orientación sexual- esa edad, sino por la confusión que supone asumirse diferente a lo que la sociedad considera -horrible palabra- "normal". Y en ese proceso -que, les aseguro, puede llegar a ser profundamente doloroso: no es fácil tener un primer encuentro con uno mismo a los trece, catorce o quince años- dar con alguien que se burla de nuestra identidad es una forma de minar esa cualidad -tan débil en todo adolescente- llamada autoestima. 

Podemos creer que el problema no existe. Que la homofobia es un recuerdo de un mal pasado. Que las nuevas leyes han hecho que todo cambie. Pero no es cierto. La ley nos da un marco jurídico, pero no social y cotidiano. La discriminación no se puede abolir a través de leyes, sino de educación. Porque puede que haya leyes que permitan que gays y lesbianas nos casemos, sí, pero eso no tiene nada que ver con la mueca de disgusto del tipo de al lado, ni con el "maricón" escrito en la pizarra, ni con el "bollera" gritado con desprecio. Eso no tiene nada que ver con las burlas en el patio, ni con los mensajes ofensivos en Facebook o en Tuenti, ni con las bromas de mal gusto que hacen que quien se siente diferente, pase a sentirse -directamente- anulado. 

Por eso, hoy, vuelvo a escribir sobre un tema en el que llevo años implicado. En mis blogs, en mi teatro, en mis novelas -de qué hablaba, si no, La edad de la ira-, en mi día a día como docente, en mi día a día fuera de las aulas. Me empeño en hacerme visible porque creo que esa visibilidad, aunque a veces no siempre sea sencilla, nos hace fuertes. Y sirve de modelo y de referente para quienes necesitan darse cuenta de que ser diferente es lo normal y de que todos, sea cual sea nuestra identidad sexual, lo somos.

Y vuelvo a escribir sobre este mismo tema en una mañana como la de hoy, mucho más triste que las anteriores, una mañana en la que hemos amanecido con el suicidio de Andrea. Andrea tenía quince años. Y le gustaba vestir un pantalón rosa. Tan simple como eso. Lo demás, es una triste y conocida historia de acoso. En las redes y fuera de ellas. Una historia que se repite con más frecuencia de la que queremos creer aunque solo conozcamos los casos que, como la historia de Andrea, tienen un desenlace trágico. Una historia de la que no podemos ser nunca cómplices y que, entre todos, sí podemos frenar. 

El odio y la violencia no deberían tener jamás segunda parte. Los pantalones rosa, sí.

A todos los Andrea que sufren o han sufrido acoso... No estáis solos.

jueves, 22 de noviembre de 2012

El morbo de la literatura


Dans la maison es, ante todo, una reflexión sobre la esencia voyeurística del hecho literario. Claro que se habla de otros muchos temas pero, en realidad, todos ellos aparecen bajo ese mismo prisma, analizados desde el juego de voces narrativas que plantea la película y donde, como el propio personaje de Luchini afirma, los espectadores nos convertimos en el sultán al que distrae la bicéfala Sherezade nacida del dueto Ozon-Mayorga.

De Ozon es el talento cinematográfico y la habilidad para convertir una obra teatral en una película más que destacable -merecedora de la Concha de Oro en San Sebastián- y de Mayorga, el mérito de haber creado una magnífica obra teatral -El chico de la última fila- en la que se plantean las grandes cuestiones que alimentan el film.

Aunque habría agradecido que la película obviase algunos giros un tanto excesivos en su último tramo -pese a lo acertado del hitchcockiano plano final-, Ozon respeta con acierto la esencia del texto original y nos permite preguntarnos hasta qué punto el creador no es más que un sádico voyeur, decidido a colarse en las casas ajenas para poner palabras a lo que todos vemos y no siempre estamos dispuestos a contar. El lector, por tanto, tampoco estaría libre de responsabilidad, pues su necesidad leer tendría que ver con su voluntad -igualmente morbosa- de irrumpir en esas mismas casas. 

También se reflexiona sobre el punto de vista -cómo alteraremos los hechos según la voz que escojamos- o sobre las formas del discurso -qué hace que un relato sea buena o mala literatura-, pero más allá de cuestiones técnicas, se plantea un perverso debate sobre la posible amoralidad del hecho literario, incidiendo en cómo los escritores y lectores acabamos inmiscuyéndonos en las vidas ajenas. Las  vidas de esos seres -a menudo más reales que la realidad misma- llamados personajes.

Por eso, en cierto modo, la literatura no sería un acto inocente. Como tampoco lo es el adolescente protagonista, Claude García, interpretado con turbia elegancia por un magnético Ernst Umhauer. Al igual que Claude, los autores vampirizamos las vidas de quienes nos rodean para alimentar la curiosidad de nuestros lectores, cómplices tan sedientos de irrealidad como quienes nos esforzamos por crearla.  Y lo más inquietante es que, tal y como le sucede a Claude, nunca sabremos cuál es el efecto final que tiene ese esfuerzo. Jamás conoceremos cuál es el  verdadero alcance de nuestras palabras en manos de cada lector, cómplice en este acto -adictivo y morboso- que es la literatura.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Bi, homo, hetero

A menudo, cuando me entrevistan sobre mis novelas o mis obras de teatro, me preguntan por qué en todas ellas aparece algún personaje homosexual. Cada vez que me hacen esa pregunta, no puedo evitar pensar que todavía nos falta mucho para alcanzar un estado de verdadera normalidad, pues no me imagino que en esas mismas entrevistas se le pregunte a un autor por qué en sus obras aparecen siempre personajes heterosexuales, por ejemplo. Algo así como "¿Por qué en todas tus novelas hay alguna mujer?" o "¿Por qué en todas tus novelas hay al menos un niño?"

En mi caso, a la hora de escribir, intento crear un mundo que refleje, desde la ficción, nuestra realidad. Me interesa hablar del aquí y del ahora -¿qué testimonio va a dejar de nuestro mundo la literatura si todos nos abalanzamos sobre mundos mágicos y sagas épicas varias?-, reflexionar sobre qué motores mueven a nuestra sociedad y tratar de dibujar los cambios que estamos experimentando en lo que está siendo un principio de siglo difícil y convulso. Por eso, en La edad de la ira, el gran tema era la educación y la destrucción de un sistema social que, con excusas macroeconómicas, está siendo arrasado a nuestro alrededor. Y por eso, en mi nueva novela, Las vidas que inventamos, el tema es el autoengaño y la mentira: todas esas verdades que no decimos para poder seguir adelante y ocultar, con mejor o peor fortuna, los huecos que encontramos en nuestro día a día. Huecos personales, profesionales, familiares, sentimentales, económicos... Y todo, en esta sociedad que vive de la imagen y de no sé qué estándares de éxito, se convierte en espejo de otra realidad subyacente que, a menudo, ocultamos. Porque tenemos que ser los mejores en todos los frentes, como le ocurre a mi protagonista, Gaby, ahogada por las etiquetas de mujer perfecta, esposa perfecta, amante perfecta, madre perfecta, amiga perfecta y profesional, por supuesto, perfecta. 

Y en un mundo como el de Las vidas que inventamos es natural que aparezca, junto al matrimonio protagonista -Leo y Gaby, una pareja heterosexual- otro matrimonio homosexual -Hugo y Jorge-, amigos de los primeros que abordan una ruptura nada sencilla y que, aunque en un plano secundario -pero con gran peso dentro de la trama- comparten con Leo y Gaby las mismas mentiras y contradicciones que recorren todo el argumento de esta novela. No se trata de reivindicación alguna, ni tampoco de dar una nota de color al estilo de ciertas telecomedias donde se recurre al cliché gay para cubrir esa cuota de mercado -qué terrible costumbre, ¿no creen?-, sino de una realidad que me parece absolutamente natural y de la que, además, formo parte. En mi entorno, y en la sociedad en la que quiero y deseo vivir, no se pregunta a nadie por la orientación sexual, simplemente se les conoce, se les integra o no -la afinidad es algo muy personal- y, si surge, se comparte ese dato como se pueda compartir y conocer cualquier otro rasgo de su identidad.

Es cierto que en mi novela anterior, La edad de la ira, la homosexualidad de ciertos personajes era un eje temático de toda la obra. Sí, pero lo era porque uno de los temas que quería tratar era la violencia en las aulas del siglo XXI y, lamentablemente, el ejemplo de la homofobia -tema que conozco y he vivido de cerca- me permitía hacer una clara disección de ese asunto.

También aparecerá el tema de la bisexualidad en otra novela que publicaré con Baile del Sol en la primera mitad de 2013, La inmortalidad del cangrejo, reflejada en un joven que, precisamente por su edad, está investigando qué quiere ser y cómo le gustaría construirse. El descubrimiento de su naturaleza bisexual no es más que un símbolo de todos los demás momentos en que se da de bruces con el yo que es frente al yo que había imaginado que podía ser. 

En definitiva, en mis novelas hay personajes de todo tipo de tendencia, gente que ama, que desea, que se equivoca o que acierta, gente egoísta o que se entrega sin ninguna clase de tapujos, gente que solo respira a través del sexo y gente que no sabe ser más que de una manera eminentemente emocional. El hecho de que sean bi, homos o heteros es pura anécdota. Porque, personalmente, nunca he creído que exista ni el cine ni la literatura gay, igual que no existe ni el cine ni la literatura femenina. Existen el buen y el mal cine, la buena y la mala literatura. Los libros que nos emocionan y los que nos aburren, los que nos hacen preguntarnos por nuestra propia vida y los que nos conducen a lugares en los que no tenemos ningún interés en estar. Y eso no tiene nada que ver con la orientación sexual de sus personajes. Ni de sus autores. Eso solo depende de nosotros como lectores y de la capacidad que tenga para crear mundos el autor.

Y ojalá, en breve, a nadie le parezca sorprendente que una película o una novela retrate de forma explícita el sexo gay o lésbico, ni que se reflexione sobre la pareja a partir de la historia de amor de dos hombres o de dos mujeres. Qué más da... Brobeback mountain no es genial porque sea un drama protagonizado por dos hombres, sino por cómo narra un amor imposible, secreto y doloroso entre dos personas condenadas a necesitarse con la misma fuerza con la que han de mantenerse alejados... A fin de cuentas, las etiquetas -bi, homo, hetero- siempre nos limitan y, por eso, no creo que haya más etiqueta posible que la de persona. El resto me sobra.

Por mi parte, estoy ya deseando poder compartir Las vidas que inventamos -que, según me decían esta semana, llegará a las librerías el 22 de enero de la mano de Espasa- y acercaros hasta el mundo de Gaby y de Leo, un mundo donde nada es exactamente como ellos nos lo cuentan. Ni siquiera es como ellos intentan contárselo a sí mismos...

domingo, 28 de octubre de 2012

Todos somos novelistas

Escribir solo es el principio. 

Podría parecer que la creación de la novela es el momento esencial en la vida de un autor, pero -en el fondo- es solo una pieza dentro del complejo engranaje que permitirá que esa obra llegue al público.

No basta con construir una historia, ni con internarse en ella con toda la sinceridad y la pasión posible, ni siquiera con el aislamiento que trae consigo la escritura y que nos obliga a convivir con nuestros personajes mientras alejamos -a veces más, a veces... mucho más- a quienes conviven -fuera de la página- con nosotros. Todo eso es solo una parte, el inicio de un proceso que no acabará hasta que el libro llegue a las manos de alguien que, por el motivo que sea, lo ha elegido entre todos los demás para leerlo.

Y para que esa elección se produzca es necesario cuidar detalles tan diversos como el diseño de la cubierta, y la redacción del texto de la contra, y la comunicación de la obra, y la presentación en medios, y las respuestas en las entrevistas -contar sin destripar, atraer sin desnudar-, o la consecución de esas supuestas entrevistas -¿cómo llegar a hablar de algo sin que sepan que ese algo existe?-, y el interés de la crítica -si es que lo tiene-, y la curiosidad de la prensa -si es que se dejan-, y la fe de los comerciales, distribuidores y libreros -que, en tiempos de crisis, no siempre pueden arriesgar como quisieran-, y  -por último- vencer la desconfianza del lector que aún no nos conoce y que debemos persuadir para que rescate nuestro título de la mesa de las novedades.

Ahora, cuando ya solo me quedan dos meses para el lanzamiento de Las vidas que inventamos, empiezo a sentir la urgencia -y la responsabilidad- de todo ese viaje. Así que he decidido volver a internarme en la vida de mis dos personajes para conocer, ahora desde el otro lado, cómo es esa vida que ambos sé que se inventan. La vida de ella, Gaby. La vida de él, Leo. Y confío en que ese viaje me permita encontrar las palabras adecuadas para comunicar su historia. Para acercar su aventura personal a esos lectores que me gustaría que vieran en este matrimonio un reflejo de las máscaras que todos construimos para hacer afrontable nuestra existencia.

En solo unas semanas, y en este mismo blog, compartiré con quienes por aquí pasáis la cubierta definitiva de esta novela. Una imagen que resume, con absoluta precisión, los grandes temas que he intentado tratar. Que ahora, como lector, estoy redescubriendo. En este post podéis ver ya una parte de ese diseño: la noche y los faros de un vehículo que aluden al thriller con el que arranca la novela y sobre el que , en adelante, girará toda la trama. Pero, en esa parte de la cubierta que aún me reservo para un próximo post, se ilustran otros ejes esenciales en esta novela, como la incomunicación en la pareja protagonista, que les llevará a buscar nuevas formas de satisfacción. O la mirada que escondemos del otro -y, sobre todo, de nosotros mismos- para poder seguir inventándonos sin que la verdad se interponga en nuestro camino. 

Ahora, gracias a esta relectura -qué raro se hace verse desde fuera-, me doy cuenta de que esta es una novela llena de acción -seguramente sea el texto que he escrito donde pasan más cosas...- y de un elemento que, hasta ahora, había reservado solo a mis obras de teatro: el humor. Un humor negro a veces, cínico otras, cotidiano e irónico casi siempre. Humor que nace de la contradicción en que vivimos en esta sociedad contemporánea donde tenemos que serlo todo a la vez y en grado máximo: parejas perfectas, profesionales perfectos, padres perfectos, amigos perfectos, familiares perfectos. Un humor que nace de cómo se rompen las costuras de tanta perfección a cada paso que damos o de cómo las remendamos para que esa rotura no se vea.

En pocos textos -lo confieso- me he divertido y emocionado tanto como escribiendo Las vidas que inventamos -porque me enamoré de Gaby y de su valor, porque tengo debilidad por el canalla que encierra Leo-, y por eso ahora, en estos meses previos a su llegada a las librerías, esto poniendo tanto mimo -y tanta ilusión- en acercar a ambos personajes a sus posibles futuros lectores. A quienes, como ellos, también siguen inventado -y ahora, en esta crisis, más que nunca- su día a día.

Por eso, supongo, escribir no tiene mucho mérito. Porque todos somos novelistas -queramos o no- de nuestra propia vida.


viernes, 12 de octubre de 2012

Un salto posible

Este otoño presento nuevo libro teatral: Saltar sin red, publicado -al igual que mi monólogo Tour de force- por Ediciones Antígona.

Como me sucede con cada texto que escribo, ya sea teatro o novela, Saltar sin red también ocupa un lugar muy especial en mi trayectoria como autor, tanto por las emociones que he intentado volcar en ella como por el momento -este difícil ahora- en el que llega a las librerías.

Saltar sin red es, en cierto modo, mi obra más joven, tanto por la edad de sus protagonistas, como los temas que se abordan en ella. Seis personajes que acaban de cumplir los veinte y que están llenos de dudas ante su futuro. Seis jóvenes que deciden reunirse y fundar una asociación en la que, sin darse cuenta, acabarán definiéndose a sí mismos. Dibujando las personas que son y que, a veces sin pretenderlo, van a ser. Seis voces que quieren hacerse oír en un contexto -este 2012- que prefiere el silencio y la sumisión.

Por eso, porque estamos en tiempos convulsos en los que creo que la cultura no puede permanecer ajena a la defensa de un sistema social que otros pretenden destruir, me emociona especialmente que Saltar sin red llegue en  breve a las librerías. Porque en ella, con toda la humildad del mundo -y seguro que con muchos errores-, he intentado reflexionar sobre temas como la fidelidad a uno mismo, la importancia de la solidaridad o la necesidad de construir unos principios sólidos que nos permitan luchar -juntos y todos a una- contra la maquinaria impersonal que pretende devorar lo que ha costado tanto tiempo y esfuerzo construir. Una obra que apuesta por la necesidad de ese salto, que reivindica la necesidad de no cruzarse de brazos y que da un voto de confianza absoluto a una generación a la que he conocido -y conozco- en mis aulas de Bachillerato, y  de quienes me consta que puedo esperar un compromiso, una implicación y, sobre todo, un aliento crítico que quizá no ha tenido la mía.

Saltar sin red no es más que una obra de teatro, una comedia agridulce de seis personas que buscan una identidad en medio de una crisis donde no hay tiempo más que para buscar un refugio y una respuesta -individual y pragmática- a este continuo sálvese quien pueda. Pero confío en que este texto caiga en manos de lectores jóvenes -cuanto más mejor- y que les haga pensar que ese salto, esa acrobacia que no quieren que hagamos, sí es posible. Aunque sea sin red.

lunes, 24 de septiembre de 2012

¿Por qué escribir hoy?



Literatura, novela, teatro, educación pública, compromiso... Un vídeo en el que intento expresar -con toda la honestidad posible- mi opinión sobre algunos de los temas que me inquietan. Y que, para bien o para mal, creo que me definen... Comparto con vosotros esta entrevista concedida con motivo del -ya casi inminente- lanzamiento de mi nuevo libro teatral, SALTAR SIN RED (Ediciones Antígona). En cuanto sepa sus fechas de presentación -habrá literatura y vino-, las comunico también en este blog: ¡estáis todos invitados!

domingo, 23 de septiembre de 2012

Palabras en imágenes


En breve, Las vidas que inventamos tendrá rostro. Las vidas de Gaby y de Leo, con quienes he convivido durante todo el tiempo que duró la escritura de esta novela, se convertirán -por obra y gracia del magnífico equipo de diseño de Espasa- en una imagen que será, ante los futuros lectores, su carta de presentación.

Confieso que no dejo de sentir impaciencia ante el momento de ese descubrimiento aunque, en el fondo, sé que siempre habrá una (a veces mínima, a veces no tanto) parte de mí que dude de si esa es o no la imagen que mejor expresa lo que quiere contar mi texto. Una novela en la que, en esta ocasión, he indagado en un tema que me parece especialmente idiosincrásico de nuestro tiempo: el autoengaño y el cinismo como formas de supervivencia. Y de relación.

No es fácil buscar una imagen que represente los temas de esta obra. Un libro en el que se combinan la reflexión sobre las emociones -esa crisis que afrontan Leo y Gaby en sus vidas y en su matrimonio-, la acción y unas cuantas dosis de thriller -el fatídico hecho que da origen a la acción y que moverá los hilos de la parte policíaca de la trama-, el humor negro y hasta el sarcasmo -es la primera vez que suelto mi vena irónica, hasta ahora recluida en mis obras teatrales, en una novela- y, por qué no, un cierto vitalismo que se plantea hasta qué punto podemos ser -o no- los dueños de nuestro destino.

Sé, eso sí, que estoy gráficamente en buenas manos (en las mejores, gracias a mi MJ). Y sé que, como ya pasó en La edad de la ira, hay un gran equipo de gente mimando mi texto y tratando de convertirlo en la mejor imagen posible. Pero esa certeza no aminora ni un ápice los nervios, ni la impaciencia. Porque, en cierto modo, cuando esa imagen ya exista, será como si la novela entrara en la línea de salida. Como si el momento de darse a los lectores estuviera ya un poco más cerca. Como si se aproximara más veloz de lo esperable ese mes de enero en el que viviré tanto la emoción de compartir un nuevo texto como la inseguridad de dejarlo volar... Pues, no sé si eso se pasará alguna vez, pero cada vez que estreno una obra o que saco una novela vuelvo a sentirme desnudo, vulnerable y, por supuesto, expuesto.

Se hace difícil traducir en palabras -paradojas de la escritura- todo este proceso. Los meses de trabajo que preceden al instante en que la novela llega a las manos de quienes son, en realidad, sus verdaderos autores y dueños. Porque, en el fondo, por mucho que nos esmeremos depurando el estilo, eligiendo un título, diseñando una cubierta o valorando críticamente un texto, el verdadero libro no es jamás el que ha escrito su autor, sino el que reescribe -y revive- cada lector.

sábado, 8 de septiembre de 2012

La misoginia que sucede

Hace diez años escribí una obra teatral en la que dos mujeres -Ruth y Eva- hablaban de sus experiencias sentimentales y sexuales. El texto, que se llamó El sexo que sucede, se estrenó gracias a las interpretaciones -memorables- de sus protagonistas y, al año de su creación, ya se había publicado. Fue, desde el primer momento, una de las obras de mi repertorio que mejor funcionaron y que por más lugares de nuestra geografía conseguimos pasear. Sin embargo, en más de una de aquellas funciones, había una escena que provocaba reacciones contrarias en el público. Se trataba de un momento en el que ambas mujeres vivían una experiencia lésbica que se resumía en algo tan sencillo -y tan hermoso- como un larguísimo beso.

Podría parecer sorprendente, pero no fueron pocas las ocasiones en que alguien abandonó la sala, en que otro alguien gritó algo inapropiado, en que más de un alguien se movió nervioso e incómodo en su asiento. Y no, no se crean que les hablo de pueblos perdidos en lugares ignotos -no seamos urbanocéntricos-, qué va, les hablo de ciertos barrios de Madrid, por ejemplo, de algunos escenarios donde jamás pensamos que un beso pudiera causar una reacción así.

Tampoco era fácil para un cierto tipo de público escuchar a dos mujeres hablando sin pudor de sus experiencias. O de sus fantasías. Y eso que el texto no juega a lo explícito, sino que se plantea más como un desnudo emocional que físico. Pero que una de ellas defendiera la promiscuidad como forma de relacionarse con el mundo o que otra venciese sus miedos del pasado a través del sexo resultaba poco menos que ofensivo para ciertos espectadores.

El montaje, diez años después, sigue muy vivo. Lo sigue en lo textual -es una obra que aún se difunde y de la que, de vez en cuando, me llegan noticias de ciertos lectores en lugares inverosímiles. Lo sigue en sus consecuencias literarias -jamás habría escrito Cuando fuimos dos, una suerte de versión masculina de aquella propuesta, sin haber pasado antes por las vidas de Eva y de Ruth. Lo sigue en lo teatral -ha sido traducida al gallego y se estrenará en esa hermosa tierra dentro de no mucho. Lo sigue en lo humano -sus actrices, Silvia López-Ortega y Paloma Aparicio- siguen siendo, a fecha de hoy, dos de las intérpretes que más admiro.

Pero, lamentablemente, también lo siguen en la polémica. En la necesaria denuncia de la hipocresía, la doble moral y la misoginia que nos rodea. Porque los mismos que se levantaban cuando dos mujeres se besaban ante ellos son los que estos días han insultado y vilipendiado a la concejal Olvido Hormigos. Los mismos que han hecho saltar la luz de alarma sobre el terrible machismo que aún nos oprime. El machismo que condena la sexualidad femenina y que juzga a la mujer con un fundamentalismo que debería ser inconcebible en este punto de la Historia.

Sus gritos de puta son las piedras que otros utilizan para lapidar a las mujeres que contravienen sus ritos y normas animales. Y si no fueron piedras de verdad es porque eran demasiado cobardes como para transgredir la ley, por eso se contentaron con el insulto fácil y la humillación pública. Porque están más cerca de las cavernas -o de las cloacas- que de lo que yo entiendo por ser persona. Y por ser humano.

Lo triste es que, en el fondo, esto no debería sorprendernos. No en una sociedad que ha vuelto a cuestionarse el aborto y que, para colmo, lo  hace desde un paternalismo insufrible, desde una misoginia que les permite hacer afirmaciones tales como que se trata de "evitar la violencia contra la mujer", como si la mujer no tuviera juicio para decidir sobre su cuerpo. Y sobre su vida.

Cuando diez años atrás escribía El sexo que sucede no imaginé que hoy, en 2012,  estaría escribiendo un texto como este. Ni que habría sentido la vergüenza, la rabia y la impotencia que he sentido esta semana al ver este país convertido en una alcantarilla moral llena de ratas ansiosas de rumorología y de veneno. Seres tan oscuros como los que cercaban la casa de la Bernarda Alba lorquiana. O como los que condenaron a la Regenta de Clarín a la tragedia.

Diez años atrás -vaya, cada vez veo más claro que el título de mi novela "La inmortalidad del cangrejo" es muy oportuno para expresar lo que siento...- no podía imaginar que hoy no estaría viviendo en España. Ni en Europa. Ni siquiera en el siglo XXI. No, diez años atrás no imaginé que hoy, en septiembre de 2012, me encontraría viviendo en la mismísima Vetusta.

lunes, 3 de septiembre de 2012

No te rindas

No pierdas aliento ni esperanza: 
el camino es largo, pero se acaba consiguiendo lo que se desea.
Rosa Regás

No soy especialmente fetichista con las dedicatorias -creo las mejores palabras son las que los autores nos dedican a través de sus propias historias-, pero esta firma de Rosa Regás en la Feria del Libro de 2002 significó mucho en mi vida. Y ahora, por esos azarosos caminos del destino, vuelve a hacerse presente...

Todo comenzó cuando decidí presentar mi segunda novela al Premio Río Manzanares. Ya había publicado mi primer libro con diecinueve años, In(h)armónicos (hoy, inencontrable), pero no acababa de hallar editor para el siguiente. El nuevo era un texto duro, comprometido, y en el que no se ahorraban detalles en la -compleja y, a menudo, sórdida- vida sexual de su protagonista. La novela, que llevaba por título La inmortalidad del cangrejo, tenía como epicentro cronológico el 11-S y toda ella giraba en torno a la violencia -social, económica, empresarial, personal, hasta sexual- que parecía ser el signo con el que comenzaba un -ya entonces- involutivo nuevo siglo.

Probé suerte con varias editoriales y coleccioné unos cuantos noes, hasta que uno de nuestros sellos más importantes se interesó y, tras diversos correos, se puso en contacto conmigo para decirme algo que entonces -la inexperiencia, claro- no entendí del todo bien. Nos gusta la novela, nos interesa, nos ha conmocionado..., pero nos da miedo que no sea comercial. Yo, que solo tenía veintipoquísimos, creía que las editoriales buscaban textos, pero pronto entendí que, además, también buscan beneficios.

Cuando la lista de noes estaba a punto de hacerme desistir, llegó la noticia de que mi cangrejo era finalista en el Premio Río Manzanares, al que -confieso que ni me acordaba- lo había presentado. Cuatro títulos cuyo ganador se daría a conocer en acto público un sábado por la mañana en la Feria del Libro. Acudí con una ilusión desmedida, cómo no (soy incapaz de controlar mi vehemencia), y sentí una profunda desazón cuando vi que, de nuevo, mi novela se quedaba fuera, condenada a quedarse en algún cajón. (Meses después, ese desánimo se agravaría, tras conocer que quedaba, otra vez finalista sin derecho a nada, en el Premio Ciudad de Badajoz).

Recuerdo cómo viví aquella mañana en el Retiro, cómo convertí ese nuevo no en imposibilidad, en desánimo, en la sensación de que me estaba empeñando en seguir un camino que quizá ni siquiera fuera el mío. Dudé de todo: de la novela, de mi forma de escribir, de mi identidad como autor (¿lo era? ¿lo soy?), de mí mismo... Pero tuve la suerte de no estar solo, de que ese día, quien ya entonces era mi pareja -¿qué habría sido de mí sin él?-, se empeñara en que fuésemos a hablar con una de las escritoras que habían sido miembros del jurado y que, como se disponía a firmar ejemplares de su obra, estaba allí presente.

Me negué y refunfuñé como un niño, pero él me llevó -casi a rastras- hasta la caseta donde Rosa Regás dedicaba obras de su flamante La canción de Dorotea, el título en el que escribió una frase que, desde entonces, significaría mucho más de lo que ella -supongo- imaginó. Se acaba consiguiendo lo que se desea...  Recuerdo con qué cariño me habló de mi novela, de lo que le había interesado de ella, de que, premios aparte, merecía la pena que siguiera intentándolo, que no la abandonara en un cajón, que siguiera escribiendo. La escuché con atención, pero estaba tan profundamente desanimado, que abrí ese cajón y dejé allí al cangrejo -y a mi yo novelista- durante unos años.

Tiempo después, sentí la necesidad de volver a escribir. Tenía que contar algo -mi nueva vida como profesor de instituto me había llenado de historias que volcar en el papel- y me costó vencer la sensación de ridículo que experimenté en las primeras páginas de esa nueva novela. ¿Para quién escribo? Me preguntaba. Hasta que me acordé de Rosa, de su firma, y decidí leerla y colocarla bien cerca de mi escritorio, en el rincón que destino -maniático que es uno- a mis pequeños talismanes de escritor...

Meses después, esa novela llegaba a ser finalista en el Premio Nadal, llamaba la atención de un par de editoriales y era, finalmente, publicada en Espasa. La edad de la ira rompía, de ese modo, el maleficio en el que yo había decidido instalarme cuando los hechos no estaban de mi lado. Después, vino el torbellino de buenas noticias con Tour de force, con Cuando fuimos dos, y surgieron nuevos títulos y nuevas historias que llegarán a las librerías en 2013.

Pero entre esas novelas que están a punto de ver la luz en tan solo unos meses, hay un título que, para mí, significa mucho. Una obra escrita hace diez años y que, de repente, me parece mucho más actual que nunca. Un libro que estoy corrigiendo ahora mismo y que será publicado en este intenso 2013 por una editorial comprometida y valiente, Baile del Sol, de la que llevo siendo lector desde hace años y que fue la primera en ver el potencial de esta historia. Dura. Árida. Crítica. Una historia escrita a golpes de vida y de ganas de cambiar un modelo social que no funciona. Un modelo que siempre condena a los mismos y que se hace más y más reaccionario -e injusto- cada día. Esa novela se llama La inmortalidad del cangrejo y es la prueba de que Rosa, en su dedicatoria, tenía razón. 

No sé cómo viviré el lanzamiento de cada una de esas tres novelas. Las vidas que inventamos, que estará en enero gracias a Espasa. El reino de las Tres Lunas, que será mi presentación en el libro juvenil de la mano de Alfaguara. Y La inmortalidad del cangrejo, que es -posiblemente- uno de los textos de los que me siento más orgulloso (pese a sus excesos y defectos, que seguro que ha de tener muchísimos). No, no sé cómo voy a vivir todo esto, pero sí espero poder transmitir, con ello, la necesidad de luchar y de trabajar -con constancia- en aquello que se cree. En lo que nos haga felices. En lo que queramos conseguir.

Sé que en estos tiempos, grises y confusos, se impone el derrotismo. O, al menos, eso es lo que parece que a quienes mueven nuestros hilos les gustaría contagiar: sumisión y silencio. Desánimo y conformismo. Pero eso, hoy más que nunca, es un error. Porque no hay que rendirse. No hay que abandonar. No hay que guardar los sueños en ningún cajón. Hay que pelear para que esos sueños vean la luz. Y -eso pienso mientras corrijo cada nuevo capítulo del cangrejo- al final esa luz acabará siendo nuestra. Nos la merecemos.

sábado, 1 de septiembre de 2012

En aguas venecianas

Venecia no duerme, navega alrededor de la laguna al caer la noche, 
buscando agua nueva, removiendo el fondo de barro y tesoros 
para no hundirse, para aguantar a flote. Para contar.
Agua cerrada, Alejandro Palomas

Toda novela aspira a crear un mundo propio. En ocasiones, esta creación tiene lugar gracias al interés y la verosimilitud de la trama. Otras veces, se produce a través de la fuerza de los personajes y de la empatía que sentimos hacia ellos. Y las menos, ese mundo nace de las palabras con las que se nos dibuja esta historia, capaces de cobrar un sentido propio -autónomo- en cada uno de sus lectores.

Agua cerrada es uno de estos casos. Uno de esos mundos en los que la extraordinaria capacidad narrativa -y lírica- de su autor, consigue que entremos en ella desde la primera línea. Sin apenas esfuerzo. Como si cada palabra exigiera la presencia de la siguiente, haciéndonos creer que todo cuanto se nos dice no se pudo decir de otra manera, porque suena tan cierto -y tan lleno de vida- que no podemos frenar la emoción que esos personajes nos contagian.

Por eso, de repente, creemos conocer esa Venecia donde transcurre gran parte de la acción y que está presente incluso antes de su viaje, aunque la que recorran sus protagonistas sea solamente suya. Pero nos dan las claves -y la música- para recorrerla junto a ellos, para perdernos en sus laberintos, en esos canales donde sabemos que se ocultan verdades, mentiras y omisiones, las mismas que los protagonistas de este libro tejen y destejen entre sí. Las mismas que todos, en nuestras propias Venecias, hemos intentado sumergir alguna vez.

Y así, en este reino de aguas a ratos cálidas, a ratos turbulentas, a ratos cristalinas, su autor consigue que solo una palabra -un "ven", un "duele"- adquieran un significado distinto y único. Lleno de resonancias. Tal y como si hubiéramos lanzado esos verbos contra el agua y observásemos los círculos que dibujan alrededor. Nunca iguales. Nunca idénticos. Tan ávidos de cambio como nuestros puntos de vista, como las vidas de Serena, de Isaac, de Elsa, de los tres vértices de una historia que aborda sin pudor emociones tan complejas como la soledad, como la comprensión (y su contrario), como el amor en la pareja, como el amor de una madre a su hijo, como el amor de un hijo a su madre, como el amor de una no-madre a una tal-vez-hija.

Un acto de osadía en estos tiempos, en los que la emoción parece estar condenada al destierro -eso querrían algunos- de la gran literatura, donde prima la micronarración, o el collage, o el juego intertextual que rara vez conduce a nada que no sea el lucimiento -vacuo y superficial- del ego del autor. O donde, por contra, se prima la acción, la hiperactividad, el horror vacui narrativo para que el lector no se aburra y siga leyendo por muy poco verosímil que sea la trama. En estos tiempos, sí, se agradece que haya novelas que nadan -siempre el agua y sus verbos- contracorriente, que se detienen en los sentimientos, que se esfuerzan por describirlos, por apresarlos, por contagiárnoslos desde una voz personal. Y, en el mejor de los sentidos, muy poética.

No es Agua cerrada un libro apto para lectores no sensibles. O para los que tengan miedo a las emociones fuertes. Porque aquí, esas emociones fuertes nos asaltan en cada párrafo, en cada momento íntimo de los personajes. No residen en giros sorprendentes de guión, ni en trampas al lector para mostrarle una realidad que no es tal y como la presentimos. Al revés. Aquí la emoción reside en la vida es tal y como nos la están dibujando las voces de sus narradores. Es como nos la cuentan ellos y, más aún, como la suponemos nosotros. 

Por eso, cuando anoche terminé esta magnífica novela de Alejandro Palomas, tras cerrarla no pude reprimir una caricia. Un gesto minúsculo, de esos que les hacemos los lectores a nuestros libros en la intimidad -creyendo que nadie nos ve: a veces, solo a veces, no nos ven...-, un tenue movimiento con que expresaba, inconscientemente, hasta qué punto se había quedado en mí la historia de Serena. De Elsa. Y de Isaac.

Ahora sé que, la próxima vez que regrese a Venecia, no podré evitar buscarlos. Imagino que, de un modo u otro, seguirán allí.

viernes, 31 de agosto de 2012

Última hora: El teatro y el cine no son cultura

"Hay que distinguir un entre productos culturales y de entretenimiento". Así es -pueden leerlo aquí, por si les surgen dudas- como el ministerio de Hacienda ha dejado clara su postura sobre la subida del IVA en el teatro y el cine.

Como dramaturgo y director teatral, me alegra saber que llevo años participando en el ocio -a secas- de mis conciudadanos, y me libera muchísimo darme cuenta de que nada de cuanto he podido escribir, estrenar o publicar en este tiempo tiene valor cultural alguno. Si soy sincero, me habría gustado contar con este dato tiempo atrás, porque no me habría molestado en tratar ciertos temas en mis obras, ni en comunicar con ellos una visión determinada del mundo, ni tan siquiera en esbozar estructuras o lenguajes con los que expresar esas ideas.

Asimismo, como educador, habría podido ahorrar muchísimo tiempo si me hubieran comentado que tenía que sacar a Shakespeare, Fernando de Rojas, Lope de Vega, Calderón, Molière, Goldoni, el duque de Rivas, Valle-Inclán, Lorca, Buero Vallejo, Tenessee Williams, Camus, Miller, Mayorga o Pinter, entre tantos otros, de mis clases de literatura española y universal. Qué lástima haber estado perdiendo el tiempo con semejantes autores de banal entretenimiento, en vez de dedicarlo a estudiar y leer auténticas obras de la cultura universal.

Por otro lado, si nos hubieran advertido antes, tal vez no habríamos destinado tantas horas a ver películas de Fellini, o de Bergman, o de Buñuel, o de Bardem, o de Chaplin, o de Wilder, o de Almodóvar, o de Eastwood, o de Allen, o de Bollaín, o de Berlanga, o de Coppola, o de Scorssesse, o de Haneke, o de Armendáriz, o de Querejeta, o de cualquiera de estos creadores que se limitan a algo tan insustancial como hacernos conocer otras realidades -más o menos próximas- y adentrarnos en mundos de ficción que nos permiten reflexionar sobre nosotros mismos.

Ahora, gracias a la claridad de nuestro gobierno, entiendo que la subida del IVA no es un ataque contra la cultura. Al revés, la de verdad, la auténtica cultura, sí que la defienden: por eso, como ellos mismos han dicho, han devuelto los toros a Televisión Española, para que no haya dudas de cuál es su identidad cultural. La otra, la que gravan con sus impuestos y quieren condenar a una lenta muerte gracias a su gestión, no es más que un adorno, un festival de varietés al que han contribuido personajes tan insignificantes como el Hamlet de Shakespeare o la Bernarda de Lorca, criaturas desarraigadas que el ministerio de Hacienda ha devuelto al carromato de cómicos al que pertenecen. Ese carromato que durante tanto tiempo paseó por los caminos llevando historias y fantasías a las gentes que necesitaban de ese "entretenimiento" para soñar con otras vidas y hacer la suya un poco menos miserable.

Ese carromato de cómicos de la legua en el que tantos seguimos subidos, perdiendo nuestro tiempo escribiendo, interpretando, dirigiendo, creando, construyendo mundos para intentar comprender mejor el nuestro, prestando nuestras palabras, voces y cuerpos para que sirvan de espejo al espectador, en un acto de comunicación que, ya sea en un escenario, o en una pantalla, o en una partitura, o entre las páginas de un libro, hasta ahora hemos creído que sí era cultura.

Hoy, sin embargo, hemos aprendido -gracias, queridos gobernantes- que nos equivocábamos. Que la cultura es otra cosa. Y que se parece más a un partido de fútbol o a una corrida de toros que a un escenario o a una sala de proyección. Menos mal que tenemos un gobierno sensato que nos pone los puntos sobre las íes y desdice la mentira de tantos siglos de Historia Universal. Seguro que en cuanto se enteren Francia e Inglaterra -esos países que viven en el error y que tanto veneran la cultura teatral- toman nota y nos imitan. No me cabe duda.

domingo, 26 de agosto de 2012

Volver a Alejandría

Este verano he vuelto a Alejandría. Lo he hecho gracias a las páginas del sublime Cuarteto de Durrell y, honestamente, no puedo decir que mi elección haya sido casual. Al revés, me encontraba tan enfrascado en las correcciones de mi nueva novela que necesitaba una lectura lo suficientemente extensa y envolvente como para poder huir de la vida de mis personajes -de mi cínico Leo y mi desencantada Gaby- y refugiarme en algún lugar antes de que -en ese extraño vampirismo que practican las criaturas de ficción- me devorasen por completo.

Con lo que no contaba es con que en las páginas de Lawrence Durrell no solo me iba a enfrentar a una vorágine de sentimientos realmente intensa, sino con que iba a encontrar en cada uno de los cuatro libros que componen su obra numerosas reflexiones e ideas que me devolverían, una y otra vez, a la historia en la que yo estaba trabajando. Tanta ha sido la intensidad con la que ha interferido en mi labor que no he podido resistirme a citar una de las frases de sus personajes -Nessim- en las páginas de apertura de mi nuevo libro... Quizá porque hacía tiempo que no sentía tan pocas ganas de terminar una novela -me he negado durante noches a abandonar la Alejandría en la que me había instalado con sus palabras-, o quizá porque es una de esas lecturas en las que no puedo dejar de anotar y subrayar frases que, por sí solas, ya justificarían sumergirse entre sus páginas.

Ahora, cuando se cumple el centenario del nacimiento de Durrell, cabe la posibilidad de que este Cuarteto viva un merecido renacer. Pero, si no lo hace, tampoco pasa nada, porque seguirá siendo un tesoro semioculto -a Pursewarden, uno de sus alter-egos en la obra, le habría parecido hasta poético- para quienes deseen refugiarse en la sensualidad de sus descripciones, en la profundidad de sus sentimientos, en la inteligencia de su juego de perspectivas y puntos de vista. Un ejercicio de estructura y de estilo donde todo está al servicio de lo que se cuenta, de lo que se piensa, de lo que se transmite. Donde la propia forma del libro ya es todo un ejercicio de reflexión sobre la literatura -¿en qué consiste? ¿cuáles son sus límites? ¿qué podemos contar?- y, más allá de eso, sobre la propia existencia: ¿qué conocemos realmente de nosotros mismos? ¿De los demás? ¿Los hechos son de veras hechos o, como afirma Durrell, solo "el comentario de nuestros sentimientos"? Tal vez, como afirma en Clea, solo nos ofrecemos "elaboradas ficciones de nosotros mismos".

Con sus reflexiones sobre la verdad, sobre la imposibilidad de entender lo que nos rodea en toda su complejidad ("¡Qué difícil es dilucidar una sola verdad acerca del corazón humano!"), cómo no iba a sentir que su Cuarteto me interpelaba cuando regresaba a mi novela, a ese texto en el que intentaba hablar de la mentira, del autoengaño, de las máscaras que usamos para que la vida nos resulte algo más soportable. No, era imposible que no me sintiese arrastrado hasta esa poliédrica Alejandría de Durrell, sintiéndome una pieza más de ese protagonista colectivo que con tanta maestría es capaz de mover y recrear en todas y cada una de sus páginas.

Lo difícil, cuando se vive con intensidad una obra de esta magnitud, no solo es salir de ella (en el fondo, sabemos que, como sucede con todos los grandes libros, regresaremos alguna vez). No, lo realmente difícil es encontrarle sentido al hecho de seguir escribiendo, porque ante textos como este es imposible no sentirse mucho más pequeño y preguntarse qué podemos aportar con las palabras -con ese "medio expresivo fugitivo e incierto"- para construir algo que sea, siquiera, la décima parte de lo sensual, lo trascendente y, sobre todo, lo humano que es la Alejandría de Durrell.

Si aún no se han perdido por sus calles, si no se han enamorado de Justine, si no han deseado conocer a Laila, si no les intriga Pursewarden, si no han sido algo cómplices de Darley, o si no les dio un vuelco el corazón con la escena en la isla de Clea..., en definitiva, si todavía no han recorrido el mundo de Durrell, considérense muy afortunados. Podrán hacer ese viaje cuando quieran y disfrutarlo con toda la intensidad que se merece. Si aún no lo han hecho, tengo que confesárselo: les envidio muchísimo.

sábado, 18 de agosto de 2012

Historias (teatrales) de amor y sexo

Tenía 19 años cuando, con un grupo de amigas -hoy íntimas-, fundé mi compañía teatral. Se llamó Armando no me llama y comencé a escribir teatro casi por accidente, con el único objetivo de hacer teatro con ellas. Al principio, hasta me subía al escenario, aunque -por fortuna- pronto descubrí que la interpretación no era lo mío -algún vídeo lo atestigua-, así que abandoné las tablas y me dediqué, por completo, a la escritura. Poco a poco, el teatro, que empezó casi como un juego, habría de convertirse en un oficio. O, más aún, en un modo de ver la realidad. Y de vivirla.

Hubo dos montajes que marcaron un cambio en mi trayectoria dramática. Dos títulos en los que, por primera vez, tuve la sensación de que estaba encontrando mi lenguaje. Uno fue Ventajas de la transparencia -con un cuarteto de actrices magnífico: Eva, Nuria, Paloma, Silvia- y otro, El sexo que sucede. Fue gracias a Ruth y a Eva -las protagonistas de esta última, estrenada y mil veces representada por dos intérpretes excelentes: Paloma Aparicio y Silvia López-Ortega-, como encontré mi propio camino. Lo que realmente quería contar. Y, en cierto modo, la forma en que quería empezar a contarlo.

El sexo que sucede, en el que se cuentan las peripecias sentimentales -y eróticas- de dos amigas recién llegadas a los treinta, supuso un pequeño gran hito personal por muchos motivos: fue el primer texto teatral que publiqué; el que más veces hicimos; con el que más lejos llegamos de Madrid y, sobre todo, uno de los trabajos de los que más seguro me he sentido nunca. Porque aquella obra -en la escritura, en la puesta en escena- estaba llena de verdad. Porque Ruth y Eva nos enamoraron y, ahora, mucho tiempo después, están a punto de conocer una nueva vida: traducidas al gallego y, de nuevo en escena, dentro de unos meses.

Sin la seguridad que me dio aquella obra -sin el riesgo de abordarla-, no creo que hubiera escrito jamás una historia como la de César y Eloy. No en vano, Cuando fuimos dos surgió a modo de encargo por su productor y, a la vez, uno de sus dos protagonistas, Doriam Sojo (César). Tras ver una función de El sexo que sucede, me preguntó si tenía algún texto similar en el que se abordase el tema de las relaciones entre hombres. Yo, por aquel entonces, solo había iniciado el borrador de la que luego sería nuestra obra, pero me apetecía tanto trabajar con él, que no dudé en terminarlo en apenas unos meses. Al poco, se incorporó al proyecto otro grandísimo actor, Felipe Andrés (Eloy) y, poco a poco, fuimos sumando más nombres de gente joven, entusiasta y llena de talento, como Dani (nuestro ayudante de dirección), Warko (músico autor de la melodía original de la obra) o Alfredo (autor del tráiler).

Tal y como pasó con la historia de Ruth y Eva, la de Eloy y César empezó a funcionar de modo casi autónomo. Como si la verdad que ambos actores ponen en escena tuviera la energía suficiente para que todo cuanto tiene que ver con este montaje sea siempre emocionante. Y positivo.  Por eso, quizá, se llenaron todas las funciones de su estreno en la Alternativa. O las de su paso por Visible. Por eso, tal vez, tuve la suerte de conocer a Cristina y a Fernando -editores de Ñaque y hoy, además, amigos- que apostaron por este texto y lo incluyeron en su colección de teatro contemporáneo. Esa publicación, en cierto modo, cerraba el círculo: el paralelismo con El sexo que sucede era completo.

Cuando fuimos dos, obra en la que nos hemos dejado mucho de nosotros mismos todos los que hemos participado en ella, sigue ahora con tanta o más fuerza que antes. Sobre todo porque, desde esta semana, hemos regresado con ella a la Sala Triángulo, donde estaremos todos los sábados (hasta el 6 de octubre) a las 22.30. Ayer, el día del esperado reestreno, todo fue emocionante. Inesperadamente hermoso. La sala, llena. El público, generoso y empático. Los actores, una vez más, soberbios. Eloy y César vivieron su historia de amor -y de sexo, y de desamor, y de encuentro, y de desencuentro- ante un auditorio entregado que nos hizo creer, todavía un poco más, en esta aventura.

La prensa, además, nos ha mimado mucho -gracias a los profesionales de El Cultural, de Metrópoli, de On Madrid, de la Guía del Ocio, de Prográmate, de Shanguide, de Chueca.com, de Ponte en mi piel...-, a todos los que nos han echado un cable para difundir este espectáculo. A todos los que se implican en esta locura que es el teatro independiente.

No sabemos cómo será la vida futura del montaje. Ni qué pasará más allá de las funciones de Triángulo -que asumimos con un entusiasmo absoluto. Pero sí sé, con certeza, que esta es una nueva -y extraordinaria- etapa de un viaje que comenzó hace mucho, cuando yo solo tenía 19 años y un montón de sueños por cumplir. Y ahora, tras años de trabajo y de resistencia, sé que se están cumpliendo. Por eso, si alguien intenta convencerles del no, respondan que el sí, cuando se lucha de verdad, siempre es posible. Tenemos el deber de pelear -con toda la pasión que podamos- para que llegue a serlo.

jueves, 16 de agosto de 2012

En el inicio

Empiezo nuevo blog. Y, en esta ocasión, no será ni un blog educativo -como Eso de la ESO- ni sobre cine y televisíón -al menos, no necesariamente..., como Prime Time. Esta vez, se trata de un "blog-cajón de sastre" donde quiero compartir ideas, emociones y noticias literarias: textos terminados, estrenados, publicados... Con todo lo que ello conlleva, tanto en lo bueno como en lo, a veces, no tan bueno.

El próximo año se me presenta muy movido en lo literario. En principio, y si todo va según lo previsto, publicaré tres novelas (Las vidas que inventamos, con Espasa; La inmortalidad del cangrejo, con Baile del Sol; El Reino de las Tres Lunas, con Alfaguara Juvenil) y una nueva obra de teatro (Saltar sin red, con Antígona), así que creo que voy a necesitar este espacio para compartir lo que cada uno de esos libros -y de esas experiencias- traiga consigo. Aquí colgaré reseñas, críticas -tanto las buenas como las que no lo sean tanto-, opiniones y cuanto salga de cada uno de esos títulos.

La idea de este blog es, además que sirva de punto de comunicación con los lectores -y, en el caso del teatro, espectadores- de esos textos. Que nos permita debatir sobre sus temas, o sobre sus personajes, o sobre lo que os hayan sugerido si he tenido la suerte de que os hayáis acercado hasta sus páginas.

También, cómo no, será este el lugar donde vuelque mi opinión -profundamente personal y, lo advierto, con frecuencia muy vehemente- sobre lo que suceda en nuestro entorno. Sobre todo acerca de los asuntos que me inquietan y que suelo abordar también en mi obra de ficción (igualdad de género, homofobia, discriminación xenófoba, etc.)

No sé qué dará de sí esta bitácora recién inaugurada. Pero sí tengo claro cuál es su punto de partida: mis ganas de compartir el proceso literario con quienes tenéis -y habéis tenido- la generosidad de colaros en ese mundo que se abre en cada uno de las novelas o de las obras teatrales que escribo. Por eso su nombre no podía ser otro que el de Olivetti 46, porque fue en esa máquina azul donde escribí mi primer relato, con el que gané mi primer premio -ese que me hizo pensar que quizá no lo hacía tan mal uniendo palabras...-, y donde terminé las primeras páginas de la que sería mi primera novela: In(h)armónicos. Aún conservo esa Olivetti, junto a mí, en mi escritorio naranja, a mi derecha... Es un modo de tener muy presente cómo y, sobre todo, por qué empecé a escribir. Porque es la única forma de comunicarme que conozco. Y de respirar...

Gracias por permitirme hacerlo.